jueves, marzo 30, 2006

Pensar en Israel VI


Llamé a a los dos psiquiatras, tal como estaba planeado. Uno de ellos, argentino, estaba instalado en Ramat Gan, ciudad que bordea Tel Aviv. Ruth me llevó en auto, y me esperó en un café de las cercanías.

Curiosamente, siendo argentino, la entrevista no me resultó fácil.
Me pareció que no entendió bien que era lo que yo perseguía con el traslado, ya que un poco estúpidamente para mi gusto, concluyó que las pastillas son iguales en Israel, en Argentina, o en la China, no percatándose, supongo, de que yo apostaba a un cambio de entorno y no de pastillas.
No tuve ganas de intentar que me entendiese.
Él vería a Marisa, y la trataría si él consideraba que podría ser para ella el terapeuta adecuado. Me despedí, con la promesa de llamarlo, en caso de que el traslado se concretara.
Al día siguiente, debía ver al psiquiatra de la calle Arlozoroff, a las 16 horas.
Con la experiencia del día anterior, me resultaba difícil encarar esta otra entrevista. Decidí ir por la mañana al Museo de Arte de Tel Aviv como para balancear un poco las cosas. El Museo me relajaría cual sedante, y estaría más dispuesta para hablar de cosas que me afectaban.
Después de encontrarme en la entrada del Museo con Henry Moore (versión XL), recorrí las salas, di unas vueltas por la librería y por el shop, y salí con algo de tiempo como para caminar unas cuadras. Llegué al lugar en un taxi.
Se trataba de un psiquiatra israelí, así que no tuve más remedio que hablar en inglés, idioma en el que no tengo ni la fluidez, ni cuento con todo el espectro de sutilezas semánticas de las que uno puede disponer en la lengua materna (por lo menos en mi caso) especialmente para describir un cuadro psiquiátrico. No obstante en ese sentido, tuve menos problemas que con el psiquiatra argentino.
No estaba muy seguro, dijo, que una transferencia de tal magnitud resultara exitosa. Sin embargo pareció entender lo que yo esperaba, quería, pretendía en esta búsqueda un tanto compulsiva que me dominaba. Reconoció también que los imponderables pueden jugar un papel definitorio en cualquier búsqueda.
En principio, estaría dispuesto a tratar a Marisa tanto terapéutica como farmacológicamente, sin descartar alguna consulta con otro profesional.
Mi impresión fue buena, pero me dije a mi misma como para calmar mi ansiedad, que yo encontraría "lindo" a cualquier psiquiatra que demostrara escucharme y entenderme un poco.
Salí un poco más confortada que con la visita del día anterior.
A la mañana siguiente estaría de nuevo en la terminal de omnibus para viajar a Jerusalem, donde tenía que llamar a una psiquiatra argentina, tratar de verla y hablar con algunas personas que tenían que ver con otro aspecto de la cuestión: residencias o visas.
Una sola noche en Jerusalem y la vuelta al pago.

miércoles, marzo 29, 2006

Pensar en Israel V


Llegué a Tel Aviv una mañana ventosa. Fui directamente al hotel que ya tenía reservado y desde allí llamé a una prima que vive en Ramat Aviv. Quedamos en encontrarnos para almorzar.
Si uno llega a Tel Aviv inmediatamente después de haber estado en ciudades tales como Madrid o París, seguramente se va a sentir algo decepcionado. El recuerdo de esas dos ciudades (u otras) muy diferentes entre sí, pero igualmente espectaculares, va a opacar la visión de Tel Aviv, y Tel Aviv no se lo merece...
A Tel Aviv hay que descubrirla, hay que caminar por sus calles distraídamente y encontrarse con que el Mediterráneo, está ahí, casi al alcance de la mano, ese mar maravilloso que pareciera ser diferente en color, olor, profundidad y sonoridad en cada privilegiado lugar del planeta donde sus aguas tocan las costas. Quizás la diversidad de los lugares y la gente, lo haga parecer diferente.
Tel Aviv, fascina en una forma propia y particular, como -a mi se me antoja- fascinan aquellas mujeres que sin ser lindas, tienen un encanto especial que trasciende, y subyuga más que la belleza.
Recorriendo la Little Tel Aviv de noche, palpitante y viva, con sus interesantes restaurantes, con las luces de neón titilando, invariablemente uno recala en los pioneros, en sus sacrificios, y en si se hubiesen atrevido a soñar que a menos de cien años, Tel Aviv se iba a convertir en lo que ahora era.
A la hora del mediodía el viento ya había amainado. La atmósfera alrededor de la Kikar Hamedina era diáfana y la temperatura templada a pesar de la época. No había una sola nube.
Nos sentamos a almorzar en uno de los tantos cafés que hay bordeando esta plaza insólita, enorme y despoblada, desnuda de verde, no se entiende bien por qué, pero enclavada en un barrio muy pintoresco y exclusivo, con un montón de calles que salen desde ella en diagonales y se continúan hacia uno y otro lado. En una de esas calles, Arlozoroff precisamente, tenía que ver a un psiquiatra, pero no sería ese mismo día.
Los motivos que me habían llevado en esta oportunidad hasta Israel eran suficientes como para estar triste. No obstante, traté de que me perturbaran lo menos posible. No sé si lo conseguí, porque hay cosas que uno no se las puede sacar como a una camisa. Sin embargo, me propuse disfrutar de la ciudad, de mi corta estancia en la misma, de la compañia de mi prima Ruth y sus historias de vida tan diferentes de las mías, y simular que yo era igual a la mujer que estaba sentada cerca de mí en la mesa de al lado, con sus gestos y risa despreocupados.
En los tres días que pensaba pasar en Tel Aviv, caminaría por sus calles, me metería en sus rincones (uno de mis preferidos es el sombreado Boulevard Ben Gurion) sin olvidarme de comer una torta de queso que hacen en Kapulsky, escucharía algún concierto con Ruth . Si el tiempo alcanzaba visitaría la milenaria Yaffo.
Dejaría para el final, las odiosas pero no por eso menos expectantes visitas a los psiquiatras, a quienes debía llamar primero. Luego viajaría a Jerusalem.
Ese día (hoy) había sol y tenía que disfrutarlo. Por lo menos sin psiquiatras.

viernes, marzo 24, 2006

I N T E R M E D I O


Belgrano, el barrio mas lindo del mundo !

Era uno de esos días de febrero con un sol abrasador.
No había mucho tráfico porque, ya sabemos que en febrero Belgrano queda bastante desierto. No obstante, a causa de un estrechamiento de la calle a la altura de Libertador y Gorostiaga, y provocado por una cuadrilla de obreros, se habían juntado bastantes coches que circulaban a velocidad moderada a medida que pasaban por un costado.
En un momento dado, entre los coches y la cuadrilla, asoma una bicicleta a toda velocidad. Al volante una chica muy jóven, con un short muy corto, zapatillas "a la page", y una musculosa que dejaba adivinar sus pechos turgentes y jóvenes. Ni que decir de sus piernas largas, desnudas y bronceadas. Su pelo lacio y rubio, tomado informalmente con una hebilla en la nuca.
Entre los hombres de la cuadrilla había uno bastante jóven que, al ver pasar la bicicleta o mejor dicho a la chica, se incorporó, dejó caer de su mano derecha la herramienta que la sostenía, y con su mano izquierda se alisó el pelo transpirado. Y se quedó mirando el paso de la bicicleta hasta que la ninfa se perdió entre los coches.
Durante unos segundos o minutos se quedó en la misma posición hierática, sumido en vaya a saber que ensoñaciones y dando, sin duda, rienda suelta a sus fantasías, cuando escuchó a uno de sus compañeros que le gritaba:
-Boludo... Qué mirás? Vení a laburar...
El muchacho pareció no escuchar, todavía envuelto en la stella de sensualidad que a su paso había dejado ese sueño imposible encarnado en una mujer.
-No me escuchás boludo? Qué carajo estás mirando? Vení a ayudarme que yo no puedo solo con este cable de mierda, vociferaba, mientras tomaba agua de una botella que, comprada hacia pocos minutos, ya sabía a sopa.
Como el interpelado no respondía, continuó:
-Cuándo una mina así te va a dar bola a vos?
-Mirás completamente al pedo boludo. Vení para acá, le decía mientras soltaba una carcajada.
-Miráte: Con ese mameluco grasiento y las manos y las uñas todas negras.
-Y lo que es mucho peor flaco, no tenés una guita en el bolsillo, no tenés donde caerte muerto!
-Quedate con tu novia, la gordita, esa que me mostraste la foto, la que vive en Puente La Noria cerca de tu casa. No está mal, no es fea la mina, y ésa seguro que te quiere pobre y todo. No?
-Le decís que se corte el pelo un poco, porque así como lo tiene parece una escoba, que se ponga un pantaloncito corto y es igualita a la mina que pasó. No te parece?
Después de unos segundos de escuchar la diatriba de su compañero, el muchacho volvió a agarrar la pinza que se le había caído, pegó media vuelta y fue a reunirse con él.
Todavía faltaban como 5 horas de trabajo hasta terminar el día. Y con ese calor... Y de ahí viajar cansado y transpirado, colgado del colectivo hasta su casa en Puente La Noria, donde la Valeria lo esperaba con unos mates.

Una de "terapeutas de familia"


Revolviendo un poco la biblioteca, un día aburrido, fui a dar con este libro: "Familia y Enfermedad Mental" de Isidoro Berenstein. Lo empecé a hojear preguntándome al hacerlo, como había llegado este libro a la biblioteca. Generalmente puedo recorrer el camino que hizo un libro para llegar hasta ahí, con éste tuve un momento de hesitación. Hojeándolo, alcancé a leer en sus páginas el nombre "Pichón Rivière". Ahí estaba la madre del borrego.

Yo, lo confieso como pecado de juventud, asistí como estaba de moda, y como muchas mujeres de mi generación, a la famosa escuela de Pichón Rivière. La cola que había que hacer durante toda una noche para ingresar formaba parte de la mitología de la escuela. De no haber habido cola, seguramente muchos de los que pasamos por ahí no lo hubiéramos hecho.

No es que me acuerde mal de la escuela. Fue un tiempo en el que me divertí mucho. Cuando terminaban las clases a las 12 de la noche, íbamos siempre a comer pizza y a tomar vino (berreta), a un boliche de la calle Belgrano.

Yo no conocí a Pichón Rivière, digo, como profesor, o deambulando por la escuela. Cuando yo llegué a ella, ya había muerto, pero todo parece indicar que fue un verdadero pro-hombre.

Lo que yo sí puedo asegurar, es que la bibliografía que leíamos era un tanto enkilombada.
A mí, en general (eso creo) me basta leer una vez , y entiendo. Pues no pasaba lo mismo con unos cuadernillos que nos vendían y con los libros que comprábamos. Sola o acompañada, frecuentemente después de leer dos veces la misma cosa, nos preguntábamos: Qué es lo que leí mos?

Yo pasé cinco años en esa escuela, y como Mafalda, digo, que en realidad no sé de que me recibí. Porque un certificado me dieron.

Asociando libremente, ya que de eso se trata, el libro lo debo haber comprado en un stand que la escuela tenía en su hall de entrada, donde antes de empezar la clase solíamos detenernos.

Si no, no entiendo como llegó hasta aquí. Mi curiosidad, ya que me involucraba, hizo que me entretetuviera un rato leyendo.

Probablemente sea un libro importante o un libro "génesis", que sé yo! Con el mayor de los respetos para el Dr. Berenstein, y desde el lugar de la ignorancia digo que es totalmente incomprensible.
Para que otros (en el caso de que lean ésto) comprueben si yo tengo razón o estoy equivocada, transcribo un párrafo tomado al azar. No es que esté sacado de contexto, porque todo más o menos es del mismo tenor.
Aclaro que el libro tiene dibujos, planos, gráficos como los de excel, como si se tratara de un informe económico, pero no, se trata de cómo somos las familias que tenemos un miembro enfermo. Un verdadero asco de familias y con padres totalmente degenerados (que andan tratando de entrar a las habitaciones de sus hijas con fines non santos).
"La paciente, a través de la adicción, estableció una mediación entre la madre y su hermana y el padre - padre-familia materna/madre/Viviana/familia materna. La oposición entre sanos y enfermos recubre oposiciones de distinta naturaleza y las esciciones así expresadas resultan falsamente expuestas y son, de modo inconsciente organizaciones triádicas encubiertas en formas de disociaciones y posiciones entre términos homólogos merced al esfuerzo mental colectivo de tratar como términos homólogos un conjunto constituído por entidades que no son de la misma naturaleza".
" Carlos el hermano, como enfermo no internable, recupera la característica móvil y por eso está próximo a las categorías de la derecha( no está hablando de "la derecha" sino que se refiere a las habitaciones), la madre como enferma no internable pertenece a las características definidas como fijas, como las paredes, los muebles y Boby, el perro, y adquiere fijeza porque internada dentro de la casa, no así el padre y la hija caracterizados por la movilidad que los hace circular por el mundo externo."
"Volviendo al plano de la casa, la agrupación de las habitaciones es tal que los varones están próximos entre sí, como las mujeres también lo están. El espacio de los varones está próximo al balcón y el de las mujeres próximo a la entrada. Pero si leemos en forma vertical, veremos que la habitación del padre está comunicada con la habitación de la hija..."
"El avunculado define la relación entre el tío materno (avunculus) y el sobrino...."
Dr. Berenstein: es más fácil leer el "Ulises" de James Joyce, en una versión que existe en hebreo.
En el prólogo el Dr. Berenstein dice que se ha sustentado sobre dos bases: el psicoanálisis y el estructuralismo desarrollado por Claude Lévi-Strauss.
Respecto a Freud, no hay que hacer presentaciones, todo el mundo lo conoce y sabe que es lo que hizo, descubrió, etc.
Respecto a Claude Lévi-Strauss, supongo que tampoco, que mucha gente no sólo lo conoce sino que ha leído sus libros y conoce qué es el estructuralismo mejor que yo, corriente posterior al existencialismo, de moda en la década del 60 en Francia.
No es tan fácil conocer bien a fondo estas corrientes filosóficas, como para ponerse a hablar del tema con idoneidad. Lo que sí sé es que la obra de L-Strauss supuso una formidable apertura de horizontes dentro de la antropología. Anteriormente a Lévi-Strauss, se estudiaba a las comunidades primitivas en comparación a la civilizaciones occidentales.
Sabemos que existía el incesto y otras formas de comunicación entre los miembros de una comunidad indígena que serían impensables dentro de nuestra cultura. L-Strauss, sentó las bases de un relativismo cultural.
Habría mucho que decir de Lévi-Strauss, pero algo a destacar fue que sentía una gran piedad y que amó profundamente a todos esos pueblos primitivos que quedaron reducidos a su mínima expresión después de la aniquilación sufrida a través los conquistadores. L-S convivió con los indigénas del Amazonas, como el mismo lo relata en su libro "Tristes Trópicos"
Ahora, asociando nuevamente, recuerdo a una terapeuta de familia como si la estuviera viendo. Era al principio de la enfermedad de Marisa. Tenía el consultorio en la misma casa en la que vivía. No obstante, entraba al mismo con la cartera colgada de su brazo.
Ahora recuerdo también que nos pidió un plano de nuestra casa. Como éramos unos ignorantes, por esa nimiedad la dejamos. Haberlo sabido!!!


miércoles, marzo 22, 2006

Pensar en Israel IV


Con la ayuda de Noah, empecé a planificar las visitas que haría.
Muchos kibbutzim tienen hoteles de turismo, así que si en alguno me demoraba más de la cuenta y perdía el ultimo micro a Naharía, podía quedarme y regresar al día siguiente.
Tenía que viajar sola durante la semana, así que estando en el norte, empecé a visitar los kibbutz que estaban en el norte.
Cada visita significaba para mí que el día empezaba muy temprano, primero alcanzar el micro que a 300 metros del kibbutz, y a horas pautadas, me llevaba a la terminal de Naharía y luego a la tarde, volviendo desde la misma.
No lo hacía a diario porque era bastante agotador, habida cuenta que además del viaje, había que hablar y explicar cosas generalmente difíciles de explicar.
Muchas veces me encontré con rostros que parecían decirme no entender lo que yo quería. Probablemente, no sabía bien lo que quería. En general dejaba pasar uno o dos días entre una y otra visita. Era un esfuerzo mayor que el supuesto.
Sentada en el micro, y con la vista clavada en el paisaje árido, más de una vez me pregunté si no estaría equivocada, pero trataba de no perderme en estas elucubraciones porque no quería tener dudas y aún sin estar convencida, quería pensar que todo, a lo mejor, saldría bien.
Cerca de Naharía, es decir desde donde estaba alojada, visité tres kibbutzim, el Rosh-Hanikrá 8 km. al norte, el Kfar Giladi, y el Kfar Blum, cercas de las montañas del Golan.

En el Gadot, que también estaba en el norte, más modesto que los anteriores, no parecía difícil el ingreso. Habría que volver a hablar.
Yo hacía todas las averiguaciones que podía, sin entrar por lo menos, si no era necesario en muchos detalles acerca de la condición de Marisa. Me ahorraba ese esfuerzo, a menos que no me quedara otra alternativa.

En general mi conclusión fue que en los kibbutzim más prósperos era prácticamente imposible el ingreso, y en otros menos prósperos podía ser más factible, pero siempre se hablaba del trabajo, o de intervenir en algún programa (no el voluntariado) que complementaba el trabajo con el aprendizaje del idioma, a cambio del hospedaje, y que tenìa fecha fija de principio y de fin.
Este tipo de programa no era posible que Marisa los llevara a cabo, de manera que a medida que hablaba en cada kibbutz me iba descorazonando, y preguntándome que estaba haciendo en un lugar tan lejano, donde parecía que no iba a encontrar las soluciones que yo esperaba.
Un fin de semana, fui con Noah a un kibbutz en las proximidades de Haifa, el Nasholim, un kibbutz muy lindo, donde el ingreso era muy difícil, sujeto, como en casi todos a decisiones que tomaban los miembros directivos del kibbutz.
Prácticamente la idea del kibbutz estaba empezando a hacer agua, parecía muy difícil o casi imposible que Marisa viviera por un tiempo en un kibbutz, en base a mi especulación que esa vida en contacto con la naturaleza, y alejada de la ciudad como elemento de gran presión para una persona enferma, la ayudaría en un principio.
El último kibbutz visitado fue el Shefayim muy cerca de Tel Aviv y de Netanya. Un kibbutz próspero al que Noah me llevó más para conocer su famoso parque de agua, que para otra cosa.
Almorzamos en el hotel, donde Noah se encontró con dos o tres personas conocidas.
Dos días después tomaría el micro hacia la terminal de Tel Aviv.
En Tel Aviv, tenía que resolver lo que se refería a residencias o visas y también tenía que encontrarme con un par de "psiquiatras", de los que nunca me voy a poder desprender. La dirección de uno de ellos, se trataba de una mujer, me había sido dada en Buenos Aires por el psiquiatra que desde hacía poco tiempo había comenzado a atender farmacológicamente a Marisa. Vivía en Jerusalem, y pensaba visitarla.
Después el regreso a Buenos Aires, en principio y hasta el momento, con las manos vacías.

martes, marzo 21, 2006

Pensar en Israel III



Empezar por el principio. Pero cual era el principio? Decidí que el principio estaba en Israel. Debía hacer uno o dos viajes exploratorios, tratar de hablar con gente que me ayudara a pensar, e ir viendo.

Le escribí a un sobrino de Tito que vive en un kibbutz en el norte de Israel, cerca de la frontera con el Líbano y cuya ciudad más próxima es Naharía a orillas del Mediterráneo, pero en una parte del Mediterráneo que hace pensar más en los Acantilados de Dover que en el Mediterráneo de Tel-Aviv y Netanya que conocemos. Es otro el paisaje, bellísimo, pero más duro, más agresivo.
Le pregunté si estaría dispuesto a recibirme en su casa del kibbutz, donde, de estar de acuerdo, pasaría un par de semanas. Después iría a Tel-Aviv.

Yo quería tener un panorama de como era la vida en un kibbutz desde adentro. Lo que se contaba al respecto, ya lo sabía. Ver, si Marisa podía encajar en un tipo de vida así, claro está, siempre que fuese aceptada.

En esta oportunidad viajaría sola. Por supuesto Noah no sólo me recibió, sino que me brindó su preciosa casa, y se alojó durante mi estadía en otro lugar del kibbutz.
Durante todo este tiempo, pude por suerte, conectarme con el entorno, y en consecuencia desconectarme un poco sin despreocuparme, de las razones que hasta allí me habían llevado, conflictivas por cierto.
Noah, como todos los miembros tenía su casa. Una preciosa casa, muy sencilla, con un jardín propio, que comunicaba con los jardines de las otras casas. Entre una casa y otra había bastante distancia, lo que aseguraba la privacidad.
Tenía una galería techada sobre el frente, donde yo solía sentarme a leer (cuando no salía desde la mañana) a la hora de la siesta. Era invierno, pero el sol del mediodía era maravilloso. Se me antojaba que ese pedazo de paisaje que yo divisaba desde la galería, y al que yo le ponía marco, podía ser un paisaje de la India adonde va la gente a meditar o a practicar el Budismo Zen, tal era la quietud que reinaba en esos momentos.
Una hermana de Noah también vivía y vive en el mismo kibbutz, en otra casa. Nos los veía durante el dìa, ya que trabajaban. Los veía a la noche, o a la tarde a la hora de cenar, se cenaba muy temprano para que las personas que trabajaban en la cocina, pudieran reunirse con sus familias a una hora prudencial.
La comida era muy simple. Casi todo lo que se consumía se producía en el kibbutz, y a la manera de un buffet, estaba todo expuesto. Todo era rico, las verduras, los quesos, los dulces. Creo que aprendí que la comida más sofisticada es la comida más simple, y que era bueno volver a las
fuentes.
El kibbutz, como muchos kibbutzim, tenía una fábrica, y ésta era precisamente de chocolates, así que durante la siesta meditativa o a la noche viendo algún programa de television, no me faltaban mis exquisitas obleas recubiertas de chocolate, de las que consumí una buena cantidad.
El mundo del kibbutz, me pareció mágico. Quizás para el que viva ahí, no lo sea, habrá quien probablemente sueñe con la vida de las grandes ciudades. En fin, supongo que todo siempre es más complejo de lo que parece a simple vista. Prueba de ello, es que mucha gente emigra de los kibbutzim para probar suerte en las ciudades. Quizás yo lo veía de esa manera, porque había experimentado que la vida de la ciudad no nos había dado ninguna respuesta para la situación de Marisa. Es probable.
Durante algunas noches, con la ayuda de Noah planificaba alguna de mis excursiones a otros kibbutz, para averiguar lo que me interesaba. Los domingos lo haría acompañada por él. Otras veces, sola.
No desechaba ninguna ciudad, ni ningún lugar, salvo Jerusalem.
Belllísima, con su arquitectura milenaria y moderna, con su encuentro o desencuentro de culturas, con esa suerte de misticismo que la envuelve, suponía yo, podía volverse en contra de una persona tan vulnerable como Marisa.
Tenía que encontrar un lugar donde recrear, aunque mínimamente, algo de su ciudad natal, por eso la cercanía a Tel-Aviv era lo que más me entusiasmaba.
Todavía había mucho camino a recorrer, preguntar y escuchar.....

domingo, marzo 19, 2006

Pensar en Israel II


Pensar en llevar a Marisa a Israel para intentar insertarse de algun modo en la vida de ese paìs, estudiar el idioma desde cero, retomar el interrumpido idioma ingles, abandonado. Todo parecía una empresa titánica.

A veces, con solo pensarlo me sentía fatigada. Pero me repetía que no me iba a dar permisos para bajonearme. Tenía que seguir adelante y sobre todo no dejarme influir por nadie. El tema de las migraciones es un tema complejo, en el que cada uno tiene una experiencia diferente. No podía dejarme llevar por consejos, ni siquiera los de mi propia familia, que seguramente eran bien intencionados.

Lo que le había servido a otro, a mi podía no servirme, y viceversa. Acaso no somos "nosotros más nuestra circunstancia"? No podíamos compararnos ni con aquél al que le hubiera ido bien, ni con al que le hubiera ido mal.

Tito, en cambio, siempre tenía a cuento, alguna desventura sufrida por algún conocido en Israel. y me pedía ceretezas: Que seguridad tenía yo de que nos iba a ir bien? Trataba de explicarle que en la vida, y en nuestro caso especial con la enfermedad de Marisa, hay siempre muy pocas certezas y muchas incertidumbres.

Como empezar a planificar lo que a simple vista parecía implanificable?

Tenía que convencer a Tito, de algo de lo que yo misma no estaba convencida, lo que era bastante fatigante, y persuadir a Marisa que podría, bajos ciertas circunstancias irle mejor que en Argentina , que de todos modos siempre podríamos volver, porque el plan no incluía levantar nuestra casa. Eso sí, que me hubiera parecido suicida

Era, y traté de explicárselo más de una vez, una prueba.

Tito callaba, no se pronunciaba, Marisa, directamente puso el grito en el cielo y cada vez que yo quería hablar del tema, se iba pegando un portazo.

Así en medio de discusiones y argumentaciones en pro y en contra empezaron las primeras conversaciones.

Israel, antes de pensar en Israel



Estaba en París concluyendo un viaje, y ya debía volver a Buenos Aires, cuando se me ocurrió extenderlo con una breve estadía en Israel.

En París compré el tramo aéreo y los servicios terrestres. Viajar en un tour no es mi estilo preferido de viaje, pero tratándose de un país como Israel, en el que el idioma hebreo es condición necesaria para moverse dentro del mismo con comodidad, parecía tener sentido viajar con otras personas, y con un guía que obviamente conocería el idioma, ya que en Israel hay muchísima gente que habla perfectamente 4 o 5 idiomas, pero también está quien no nabla más que hebreo.

Yo conocía bastante de Tel-Aviv y Jerusalem casi exclusivamente, pero nada de otros lugares, y en este viaje aunque someramente conocí todos esos puntos turísticos característicos de este tipo de excursiones: Massada y el Mar Muerto, Tiberiades y el Mar de Galilea, Haifa y los jardines persas, Nazareth, Belén, etc.

El viaje lo recuerdo como muy placentero. La gente del tour, una mezcla de brasileños, colombianos, venezolanos, americanos y franceses y yo, la única argentina, resultó estupenda y armamos un grupo, con edades diferentes y un montón de otras cosas diferentes, muy homogéneo y siempre bien dispuesto. No había nadie a quien le cayera mal algo o alguien. Todo era motivo para festejar, y así ocurrió durante los 15 días que permanecimos juntos, supongo que también contribuyó a ello, un excelente guía chileno con residencia en Israel, cuyo nombre, recuerdo, era Pablo.
El Mar Rojo con su color azul cristalino y con la cadena de montañas de diferentes tonalidades que corren paralelas al mar, se me antojó inovidable.
Había, recuerdo, un faro, a cuya parte más alta se accedía por unas escaleras en caracol, pudiendo el visitante, optar por no subir hasta la punta, y observar el mar desde lugares intermedios.
Para llegar hasta el faro era necesario atravesar una plataforma sobre el mar (el faro estaba bastante alejado de la costa). Atravesar esa plataforma ya era un espectáculo en sí mismo, que decir de llegar hasta arriba y ver en toda su extensión el mar azul- turquesa.
En el Mercado de Jerusalem, pintoresco por cierto, en la ciudad vieja, apreciamos la cantidad de artículos y artesanías que se venden en una forma de regateo bastante inusual.
En un momento de distracción, me separé de mis compañeros. La cantidad de gente que iba y venía en el mercado, me impedía encontrarlos. Finalmente acepté que me había perdido, que no sabía bien donde estaba. No podía encontrar la puerta que me llevara a la calle King David, por la que habíamos ingresado.
Caminando fui a dar con un barrio que yo supuse árabe, un barrio que se iba desenvolviendo en curvas, por las que era más difícil aún ubicarse.
No se bien cómo, encontré en una calle más ancha, bastante alejada del mercado, un patrullero israelí . Lo paré y le explique lo que me pasaba. Secamente me dijo: Come in. Me pregunté si en Buenos Aires me hubiera metido adentro de un patrullero, así como así, pero no tenía alternativa. Subía o subía. Subí. Me preguntó adonde iba. Le di el nombre del hotel.
Durante todo el trayecto que no fue muy largo, no me dirigió la palabra. Miraba fijamente la ruta y yo me preguntaba en que estaría pensando. Pasando una curva, y sin que yo me diera cuenta apareció erguida una torre que me indicó que habíamos llegado al hotel.
Frenó, y con un ademán me indicó que bajara.
Atiné a darle las gracias, y me quedé pensando un rato en el incidente. Había sido poco amable?Debía haber sido más amable? La amabilidad nunca está de más, es cierto, pero el hombre me había rescatado de una situación un tanto peligrosa, entendiendo que esa era su función como policía de Jerusalem, y la cumplió de maravillas.

En la excursión no estaba incluída, y yo lo sabía, una visita a la Sinagoga de la Universidad Hadassah, donde están los famosos vitrales de Chagall. Aún así le pedí al guía, que nos llevara a verlos. El contestó que no podía modificar la ruta, pero yo no perdía oportunidad para hablarle del tema.

Una mañana, muy calurosa, la última, hicimos varias visitas y finalizamos en el Domo de la Roca . Estábamos cansados y tristes, quizás, porque ya se estaba terminando el viaje. Esa noche en el hotel de Jerusalem, sería la última noche. El grupo tenìa que despedirse, disolverse y como en todos los grupos, esto entraña una situación dolorosa a atravesar.
Algunos dormitaban en el micro, cuando sorprendentemente, el micro que debía llegar al hotel, paró en otro lugar. Cuál no sería nuestra sorpresa y la mía al decubrir que estábamos frente al Centro Médico de la Universidad Hebrea, en cuya sinagoga están alojados los vitrales de Chagall.

Que emoción! Llegamos a la sinagoga, y el silencio era casi tangible. La luz que provenía del exterior parecía sobrenatural y ahí se alzaban las doce ventanas. Fue como ingresar a otro mundo. Los colores se habían escapado por todas las curvas. Que fuerza tenía, el color, las líneas, las formas envolventes! Que regalo para esa mañana calurosa, y para el fin de ese pequeño viaje que resultó tan gratificante!
"My modest gift to the jewish people, who have always dreamt of biblical love, of friendship and peace among all people to that people who lived here, thousands of years ago, among other semitic people. My hope is that I hereby extend my hand to seekers of culture, to poets and to artist among the neighboring people"
Marc Chagall


jueves, marzo 16, 2006

Pensar en Israel I


Marisa sale de la clínica DYTEM coincidiendo con el cierre de la misma, y se vuelven a plantear todos los interrogantes que a lo largo de nuestras vidas y a partir de la enfermedad, se plantean después de cada internación.

Dónde, con quién, y lo que es más importante, cómo vivir?

Como seguir viviendo con esta enfermedad a cuestas, pregunta acuciante sobre todo, para quien como en el caso de Marisa, se da cuenta de lo que le pasa.

Ella sabe bien que es prisionera de su enfermedad, y que los sueños de libertad, y con ellos la posibilidad de aspirar a todo, a tener todos los caminos abiertos, son una verdadera utopía.

Estábamos, en aquel momento, nuevamente ella y yo plantadas en una escenografía congelada e inquietante, preguntándonos cómo volver a recorrer un camino ya conocido. Volver a lo de antes? A la soledad...

La "reinserción social" eran y son palabras vacías de contenido, que sólo servían y sirven para adornar la literatura psiquiátrica, palabras con las que los psiquiatras se llenan la boca en sus charlas, o conferencias o lo que fuere, (cuando del tema se trata) las más de las veces vertidas en salones de hoteles de cinco estrellas, ante una audiencia indiferente.

El "speech" está totalmente alejado del enfermo mental, cuya realidad, sobre todo en las clases de bajos recursos, pasa por lugares menos elegantes, como el Borda, el Moyano, o el Tobar García, que constituyen verdaderos "inframundos".

El enfermo mental en Argentina no se reinserta nunca, ni social ni laboralmente, ni de ninguna manera. El enfermo mental directamente no existe. Los psiquiatras lo saben. Les importa? Hacen concreta y específicamente algo al respecto?

En ese panorama desolador, dónde encontrar un lugar en el que la vida a Marisa no le pasara por el costado? Dónde encontrar algo, por modesto que fuere, para lo que le valiera la pena seguir viviendo? Dejar de ser espectador de lo que pasa en la televisión y ser actor de algo, de algo propio que tenga algún sentido.

Así empezó a gestarse la idea de Israel...

Era sin duda otro perdigonazo. Yo no tenía ni la más remota idea de cómo podría resultarle a ella vivir en Israel. Conocía a través de lo que había leído, algo sobre la vida en Israel, y había estado un par de veces. Sólo eso. También sabía, que estar enfermo, es " de movida" un gran obstáculo para cambiar de país, se trate de Israel, o de cualquier otro.
Equivocada o no, sobre este nuevo camino a intentar, y empecinada como estaba en que tenía que encontrar algo que no hiciera retroceder lo poquito que se había conseguido en la clínica DYTEM, la idea de Israel, difuminada en principio, empezó poco a poco a tomar forma.

domingo, marzo 12, 2006

Cuando un hijo se va II.....




Fernando se fue, y empieza otra etapa. Una etapa de la que nada sabemos aún. Cömo será esta ausencia?
En principio, dura.
La cuenta de teléfono, abultada, abultadísima. Hubo que esperar hasta el 95 para echar mano de los e-mail, de los que fui pionera por necesidad. En realidad, la que escribía era yo. Él casi siempre contestaba: "Mañana te contesto, porque es muy tarde y estoy cansado". Yo le decía que seguro tenía una plantilla con la respuesta, porque casi siempre era la misma.
Vivió un tiempo en el campus con dos roomates, con los que se sigue viendo, aún cuando vivan a miles de kilómetros uno de otro. Después de un tiempo alquiló un departamento con otros dos roomates, una chica y un chico. Esto, para paliar los gastos, que eran muchos, a pesar de que consiguió inmediatamente una beca como ayudante de un profesor.
A las ceremonias de la graduación le pedimos a Marisa que viniera con nosotros, pero no aceptó, así que fuimos solos.
Después de la graduación, esperábamos el regreso, pero no se produjo. Comunicó que le habían ofrecido un empleo que le interesaba. "Trabajo un año para ver como es la cosas acá y creo que vuelvo".
Así empezó la historia.
Me cansé (o lo cansé) de mandar mails en los que le recomendaba que se cuidara del frìo (ya estaba en la costa este), que usara las bufandas que yo le había regalado de "Manos del Uruguay", que manejara con cuidado, sobre todo en la nieve "Decime, cuando está nevando no es mejor salir sin el coche?", en fin, las mismas gansadas que repetimos todas las madres, hasta que por suerte nos damos cuenta que el chico que se fue a los 23 años, ya no tiene 23 años, y que los consejos es mejor no darlos (y de paso, tampoco pedirlos).
Viajé muchas veces a USA. Nunca pensé que iría tantas veces a USA, en detrimento de otros lugares que -apriori- me hubieran interesado más.
Tuve la oportunidad de conocer dos o tres ciudades americanas tan bien como Buenos Aires. Qué puede hacer uno en una ciudad en la que se conoce poca gente sino caminar y caminar con un mapa en la mano?
Conocer una ciudad, más allá de ser turista, es fantástico, descubrir barrios, lugares, rincones, cafeterías, que es una de las cosas a la que soy más adicta. Y eso fue lo que hice en USA. También conocí gente, era gente más jóven que yo, que conocí a través de Fernando.
Estos periplos en soledad me permitieron además echar por tierra muchos de los preconceptos que se tienen y se difunden con respecto a los americanos: que son fríos, que no quieren a los hijos, que no quieren a los amigos, que no son inteligentes porque confunden Argentina con Brasil...
Había escuchado tantas veces el lugar común: "Me volví porque no quiero que mis hijos crezcan en un lugar así".
Lo poco que conozco de la vida americana, me gusta.
Será porque ese es el hogar de Fernando, porque él está ahí y es feliz, según sus propias palabras.

Cuando un hijo se va......


Fernando había aprobado en la Universidad de Buenos Aires su última materia. Lo esperamos en casa con una botella de champage, Tito, una de mis hermanas y yo. Marisa, a pesar de estar viviendo con nosotros después del cierre de la clínica D., se las ingenió para irse de casa y no estar presente en este simple y mínimo festejo.

Ya con alguna antelación, Fernando había conseguido un libro que contenía abundante información sobre muchas de las universidades de USA. Después de dar los examenes TOEFL y el GRE en ICANA, comenzó a mandar cartas para aplicar a distintas universidades, sin saber cual finalmente sería la elegida. Optó por una de la costa oeste.

El día de la partida ya estaba fijado. Era en Agosto, antes que comenzara el ciclo lectivo.
Yo estaba contenta. Hay que reconocer que es bastante seductor para nosotros-en tanto madres- que un hijo se vaya a estudiar a un país del primer mundo, y además tenía una excusa "extra" para sentirme satisfecha.

Los años pasados y las viscitudes vividas con Marisa y su entonces doctor Carlos Bucahí, no hicieron que estos primeros tiempos de su juventud fueran pletóricos, como uno quiere y supone que sea la juventud de los hijos, de modo, que me parecía que para crecer, era bueno que se fuera por un tiempo.
Cierto es que, no es definitorio que su hermana estuviese enferma. Cualquier chico o jóven de 23 años puede tomar la decisión de irse simplemente porque "se le da la gana", pero indudablemente la enfermedad hizo de alguna manera inclinar la balanza.

Como para el festejo éramos pocos en el aeropuerto. Nosotros (sin Marisa), un amigo de la secundaria, una ex-novia, mi infaltable hermana. Yo trataba de no ponerme melancólica, y demostraba una alegría que realmente -en el fondo- no sentía.

Tampoco sabía muy bien lo que significaba estar lejos de un hijo que por circunstancias fortuitas e inesperadas de la vida, de alguna manera, se había transformado en los últimos años en una suerte de "hijo único".

De todos modos, tenía claro, que los kilómetros, en la actualidad, no tienen la misma medida que en la época de nuestros padres. Al revés, inmigrantes ellos en Argentina, tuvieron que pasar muchos años, hasta que pudieron volver a a ver sus pagos. Y cuando lo hicieron, ya no quedaba nada ni nadie de lo conocido en la juventud.

Para ese entonces las cosas ya habían cambiado mucho. Podemos viajar cuantas veces se nos antoje. No obstante, el tiempo me enseñó que no es lo mismo tener un hijo a 10 cuadras que a 10.000 kilómetros. La distancia es un arma de doble filo, los años van pasando y con ellos un nuevo arraigo nace, nacen nuevas amistades, nuevos amores y la vuelta es una idea que a pesar de estar siempre ahí, en el inconsciente, poco a poco va dejando de tener contornos nítidos y empieza a estar envuelta en una especie de nebulosa.

Pero sin duda. la ciudad natal, el lugar donde transcurrieron "nuestros juegos, nuestra infancia y donde instauramos nuestra magia", como dice Sábato (Apologías y Rechazos), es un lugar imposible de olvidar.

Un gran plano de la ciudad de Buenos Aires, los mumerosos discos que conserva y escucha de rock nacional de su primera juventud, aunque sus gustos en materia de música se hayan encauzado por otros carriles, Piazzola "mientras me afeito", y sus frecuentes visitas a Buenos Aires, dan fe de que se acuerda de su Buenos Aires querido, de los viejos, y de todo lo que quedó acá.

miércoles, marzo 08, 2006

En la clìnica II



No hacíamos muchas visitas a la clínica, porque Marisa no quería. Seguía "tirante" con nosotros.
Íbamos cuando éramos convocados y en especial a las reuniones multifamiliares que allí se hacían, recuerdo los martes por la tarde.
En un salón grande, se reunían todos los pacientes (no eran obligados a concurrir), los padres, familiares y los médicos. Eran reuniones presididas por el Dr. Jorge García Badaracco, a quien era siempre muy interesante escuchar. Hablaban los pacientes, hablaban los padres, hablaban los médicos.
Se aprende mucho escuchando, sin duda. Se puede tomar distancia del propio dolor, y conmoverse por lo que le pasa al otro. Hay un otro que también sufre, de manera diferente, pero que sufre tanto o más que nosotros.
Escuchando a los demás, y por mi propia experiencia, tomé conciencia de la dimensión de la enfermedad mental en cualquiera de sus formas, de lo que significaba para las familias, de los sacrificios que las mismas hacían para mantenerse en pie, seguramente algunas con más éxito que otras.
Algunos padres se habían separado. Otros podían seguir juntos. Ésto a mi me explicaba, explicación que obviamente pasaba por mi subjetividad, que la familia sufría quiebres irreversibles, y que después era muy difícil seguir adelante, como familia y como pareja.
Es necesario mucho trabajo, mucho esfuerzo, porque a "pesar de tanta melancolía, tanta pena, tanta herida sólo se trata de....." conservar algo entero de áquello que se destruyó.
A veces se nos antoja, a pesar de la terapia de familia, a la que uno indefectiblemente se aviene sobre todo durante los primeros años, que estamos realizando un trabajo inútil, como si a la manera de terremotos y remezones, se va a volver a destruir lo poquito que logramos levantar.
Es cuando optamos, impotentes, por dejar que el barco siga a la deriva.
La enfermedad mental es como un enorme oso que nos persigue. Podemos pretender que no está, pero a poco que nos demos vuelta, constataremos que sigue ahí, que sí, está.

lunes, marzo 06, 2006


Gracias por la música!!!

Anoche vi por TV la transmisión del recital que U2 ofreció el jueves en el estadio de River.
El rock no es la música de mi generación, y no importa ahora decir cual es la música que me gusta y que escucho.
Yo conocía algunos temas de U2 a través de la radio, temas lentos, de los que nos gustan a los "mayores", que me parecieron excelentes. También recuerdo que en el año 1993 se exhibió una película, "In the Name of the Father", que incluía un tema de Bono, tan memorable como la película misma.
Sintonicé el canal, más que para ver a U2 para observar el fenómeno de más de 100.000 personas aclamándolos, y a partir de ahí ya realmente no me importó a las manos de quién fueran a "parar" los "Oscar", programa que tenía proyectado ver.
Había que entrar. Despojarse de prejuicios y entrar...
Cuando la música es música con M, no importa de que estilo sea ni de que época, ni cuantos años tengamos.
El magnetismo de Bono, su magnífica voz, la excelencia de las guitarras, trascendieron la escasa medida de la pantalla, y el espacio pareció hechizado.

jueves, marzo 02, 2006

I N T E R M E D I O


Belgrano, el barrio más lindo del mundo

Una tarde cualquiera un señor circulaba en su BMW por las calles de Belgrano, para llegar a su casa. No es que no tuviera algunos problemas, sí, los tenía como todos, pero se podría decir que su vida se deslizaba sin grandes sobresaltos, lo que era realmente envidiable.
Llovía torrencialmente, y hacía mucho frío, pero aún así tenía la ventana de su lado semi-baja, porque le gustaba el espectáculo de la lluvia.
Haciendo un recorrido que le era familiar se detuvo ante el semáforo que está en Virrey Loreto y Libertador, lugar donde se suelen juntar algunos "marginales", que no pasan de los 6 o 7 años.
A pesar del tiempo había uno, flacucho, macilento. El hombre se estaba aprontando para subir su vidrio polarizado, a fin de no ser importunado, pero ya era demasiado tarde.
El chiquilín descalzo y todo mojado se le acercó con una caja toda mojada, que contenía cajitas amarillas de chiclets, tambien mojadas. Le ofreció una... digamos que le pidió que le comprara algo, sin argumentar el lugar común "es para comprar leche para mis hermanitos". Se ahorró, y le ahorró al señor, todo ese speech, que él sabía bien inútil.
El señor titubeó un poco, hesitando entre la bronca y un sentimiento que bien no podía descifrar. Este mocoso, con esa cara toda sucia, una remerita por todo abrigo y los pies mojados venía a importunar su comodidad, el confort interior del BM, la FM que sonaba fabulosa. No hay derecho, pensó!!!
Se dirigió al muchachito y le arrostró: Pero decime una cosa: Cómo se te ocurre, en una mañana como ésta, estar en la calle vendiendo chiclets? No deberías estar en el colegio, o haciendo los deberes, o con tu mamá en tu casa, tomándote una taza de café con leche bien caliente?
El chico nada respondió, no hubiera podido ni sabido que contestar tampoco, y el hombre después de hablar, también enmudeció un poco, vaya uno a saber por qué, al tiempo que pensaba, sin embargo, por qué carajo este chico venía arruinarle el día. Por qué no iba a pedirle guita a los políticos y a los funcionarios, que eran los que deberían ayudarlo, y no precisamente él?
Que país de mierda!! Las cosas que uno está obligado a ver!! Acaso no tiene uno derecho a vivir en paz?
El chico seguía en la calle parado, esperando, la lluvia se colaba por sus cabellos negros y lacios.
Finalmente el señor le alargó unas monedas. El chico, en señal de agradecimiento, quiso darle la cajita de chiclets, pero el hombre, generoso, le espetó: No, guardala, pero prometeme que es la última vez que en un día así salís a vender chiclets.
Tenés que procurarte algún tipo de ayuda. Sabés?
Escuchame: Decile a tu mamá que vaya al Ministerio de Acción Social. Te vas a acordar? Acción Social!
Dicho esto y reconfortado por su gesto, y ya con las bocinas de los coches de atrás que le avisaban que el semáforo ya se habia puesto verde, continuó contento su camino.

miércoles, marzo 01, 2006

En la clínica


En la clínica, comenzaron a medicarla.
Como creo haberlo dicho, el Dr. Bucahí se las ingenió para seguir siendo el terapeuta de Marisa de manera que nuestros gastos se incrementaron enormemente, dado que la clínica tenía aranceles muy altos.

De todos modos, el tiempo en la clínica significó un alivio para nosotros. Si bien ella no mostraba señales de cambios cualitativos, el hecho de saber que estaba cuidada y en un lugar de privilegio, como lo era la clínica, nos tranquilizaba.

En realidad, para nosotros fue como tomarnos vacaciones después de mucho tiempo.
Dado que tenía a toda la población de la clínica para relacionarse, estaba más sociable. Salía con otros pacientes de más o menos su edad, se integraba con buen ánimo a muchas de las actividades, mientras eludía otras.
Al principio estábamos esperanzados en que ella mejorara significativamente, pero al tiempo nos dimos cuenta que estaba en una meseta.
No obstante, mis expectativas seguían siendo altas. Yo sabía que su enfermedad no tenía regreso, pero tenía esperanzas de que lograra por lo menos algún grado de autonomìa, que le permitiera valerse por si misma.
Quedaban muchos años por delante, antes de que esas expectativas, poco a poco, se fueran desvaneciendo.

Soy tu voz


La internación en la clínica

A la clínica D. ingresé, se podría decir, engañada. Yo estaba concurriendo al Hospital de día de dicha clínica después de haber abandonado una actividad semejante en el H.I.

Me estaba gustando la clínica, cuando una tarde en que me disponía a irme, uno de los médicos que recuerdo bien, el Dr. M.L., me encaró con bastante suavidad, y me dijo que tendría que quedarme. Yo no entendía nada, pero al rato me di cuenta que no podría insistir sobre irme, porque mi mamá había dado la órden de que no me dejaran salir.

Cierto es que ella no tenía otro camino. Yo no hubiera consentido, por lo menos en ese momento, quedarme internada así como así, y por su parte, mis padres ya habían tomado la decisión de internarme. De manera que el procedimiento, no muy ortodoxo por cierto, fue la única alternativa que les quedó .

No hubo ningún tipo de violencia, por el contrario, el Dr. M.L. que en ese momento era muy jóven, trató de persudiarme sobre la conveniencia de que me quedara. Creo que tampoco la hubiera habido si yo me hubiese resistido, no era un lugar donde la violencia fuese un método o una alternativa. Por el contrario era un lugar muy cálido, y toda la gente que trabajaba en la clínica parecía siempre dispuesta a preguntarme si necesitaba algo.

Pero lo cierto es que yo no me resistí, ahora me pregunto si fue porque sentía que tenía que obedecer, o porque la idea realmente me gustó.

Yo desaproveché muchas cosas que se brindaban a los pacientes, por quedarme en mi cuarto fumando o leyendo una revista, y en la clínica tuve, como siempre, días buenos y días malos.

Guardo gratos recuerdos de la clínica, de sus espacios, de los médicos, en especial de la médica que se ocupaba de mí (cada médico tenía un grupo de pacientes a su cargo), la Dra. F.H., que me ayudó muchísimo, y se quedaba en mi cuarto largos momentos conversando conmigo, o a veces me acompañaba a comprar algo que yo necesitara.

Realmente, el tiempo pasado en la clínica fue bueno.