Cuando un hijo se va II.....

Fernando se fue, y empieza otra etapa. Una etapa de la que nada sabemos aún. Cömo será esta ausencia?
En principio, dura.
La cuenta de teléfono, abultada, abultadísima. Hubo que esperar hasta el 95 para echar mano de los e-mail, de los que fui pionera por necesidad. En realidad, la que escribía era yo. Él casi siempre contestaba: "Mañana te contesto, porque es muy tarde y estoy cansado". Yo le decía que seguro tenía una plantilla con la respuesta, porque casi siempre era la misma.
Vivió un tiempo en el campus con dos roomates, con los que se sigue viendo, aún cuando vivan a miles de kilómetros uno de otro. Después de un tiempo alquiló un departamento con otros dos roomates, una chica y un chico. Esto, para paliar los gastos, que eran muchos, a pesar de que consiguió inmediatamente una beca como ayudante de un profesor.
A las ceremonias de la graduación le pedimos a Marisa que viniera con nosotros, pero no aceptó, así que fuimos solos.
Después de la graduación, esperábamos el regreso, pero no se produjo. Comunicó que le habían ofrecido un empleo que le interesaba. "Trabajo un año para ver como es la cosas acá y creo que vuelvo".
Así empezó la historia.
Me cansé (o lo cansé) de mandar mails en los que le recomendaba que se cuidara del frìo (ya estaba en la costa este), que usara las bufandas que yo le había regalado de "Manos del Uruguay", que manejara con cuidado, sobre todo en la nieve "Decime, cuando está nevando no es mejor salir sin el coche?", en fin, las mismas gansadas que repetimos todas las madres, hasta que por suerte nos damos cuenta que el chico que se fue a los 23 años, ya no tiene 23 años, y que los consejos es mejor no darlos (y de paso, tampoco pedirlos).
Viajé muchas veces a USA. Nunca pensé que iría tantas veces a USA, en detrimento de otros lugares que -apriori- me hubieran interesado más.
Tuve la oportunidad de conocer dos o tres ciudades americanas tan bien como Buenos Aires. Qué puede hacer uno en una ciudad en la que se conoce poca gente sino caminar y caminar con un mapa en la mano?
Conocer una ciudad, más allá de ser turista, es fantástico, descubrir barrios, lugares, rincones, cafeterías, que es una de las cosas a la que soy más adicta. Y eso fue lo que hice en USA. También conocí gente, era gente más jóven que yo, que conocí a través de Fernando.
Estos periplos en soledad me permitieron además echar por tierra muchos de los preconceptos que se tienen y se difunden con respecto a los americanos: que son fríos, que no quieren a los hijos, que no quieren a los amigos, que no son inteligentes porque confunden Argentina con Brasil...
Había escuchado tantas veces el lugar común: "Me volví porque no quiero que mis hijos crezcan en un lugar así".
Lo poco que conozco de la vida americana, me gusta.
Será porque ese es el hogar de Fernando, porque él está ahí y es feliz, según sus propias palabras.

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