domingo, marzo 12, 2006

Cuando un hijo se va......


Fernando había aprobado en la Universidad de Buenos Aires su última materia. Lo esperamos en casa con una botella de champage, Tito, una de mis hermanas y yo. Marisa, a pesar de estar viviendo con nosotros después del cierre de la clínica D., se las ingenió para irse de casa y no estar presente en este simple y mínimo festejo.

Ya con alguna antelación, Fernando había conseguido un libro que contenía abundante información sobre muchas de las universidades de USA. Después de dar los examenes TOEFL y el GRE en ICANA, comenzó a mandar cartas para aplicar a distintas universidades, sin saber cual finalmente sería la elegida. Optó por una de la costa oeste.

El día de la partida ya estaba fijado. Era en Agosto, antes que comenzara el ciclo lectivo.
Yo estaba contenta. Hay que reconocer que es bastante seductor para nosotros-en tanto madres- que un hijo se vaya a estudiar a un país del primer mundo, y además tenía una excusa "extra" para sentirme satisfecha.

Los años pasados y las viscitudes vividas con Marisa y su entonces doctor Carlos Bucahí, no hicieron que estos primeros tiempos de su juventud fueran pletóricos, como uno quiere y supone que sea la juventud de los hijos, de modo, que me parecía que para crecer, era bueno que se fuera por un tiempo.
Cierto es que, no es definitorio que su hermana estuviese enferma. Cualquier chico o jóven de 23 años puede tomar la decisión de irse simplemente porque "se le da la gana", pero indudablemente la enfermedad hizo de alguna manera inclinar la balanza.

Como para el festejo éramos pocos en el aeropuerto. Nosotros (sin Marisa), un amigo de la secundaria, una ex-novia, mi infaltable hermana. Yo trataba de no ponerme melancólica, y demostraba una alegría que realmente -en el fondo- no sentía.

Tampoco sabía muy bien lo que significaba estar lejos de un hijo que por circunstancias fortuitas e inesperadas de la vida, de alguna manera, se había transformado en los últimos años en una suerte de "hijo único".

De todos modos, tenía claro, que los kilómetros, en la actualidad, no tienen la misma medida que en la época de nuestros padres. Al revés, inmigrantes ellos en Argentina, tuvieron que pasar muchos años, hasta que pudieron volver a a ver sus pagos. Y cuando lo hicieron, ya no quedaba nada ni nadie de lo conocido en la juventud.

Para ese entonces las cosas ya habían cambiado mucho. Podemos viajar cuantas veces se nos antoje. No obstante, el tiempo me enseñó que no es lo mismo tener un hijo a 10 cuadras que a 10.000 kilómetros. La distancia es un arma de doble filo, los años van pasando y con ellos un nuevo arraigo nace, nacen nuevas amistades, nuevos amores y la vuelta es una idea que a pesar de estar siempre ahí, en el inconsciente, poco a poco va dejando de tener contornos nítidos y empieza a estar envuelta en una especie de nebulosa.

Pero sin duda. la ciudad natal, el lugar donde transcurrieron "nuestros juegos, nuestra infancia y donde instauramos nuestra magia", como dice Sábato (Apologías y Rechazos), es un lugar imposible de olvidar.

Un gran plano de la ciudad de Buenos Aires, los mumerosos discos que conserva y escucha de rock nacional de su primera juventud, aunque sus gustos en materia de música se hayan encauzado por otros carriles, Piazzola "mientras me afeito", y sus frecuentes visitas a Buenos Aires, dan fe de que se acuerda de su Buenos Aires querido, de los viejos, y de todo lo que quedó acá.