La gran ausente

Hace ya cuatro años que Marisa está enferma
Aún no ha ingresado a la clínica D., y está viviendo sola en un departamento de la calle Paraguay.
Es el cumpleaños de Tito, y cada una de estas fechas, otrora fáciles y hasta divertidas, son como una piedra que debemos digerir. No obstante, no podemos dejar pasar el día sin un mínimo festejo.
Con esfuerzo se van encendiendo una a una las luces. En la cocina, el horno ya comienza a calentar bocaditos.
En un rincon de la cocina yace una torta decorada, que ostenta una plaquetita que dice "Feliz cumpleaños Tito", y aspira llevarle a Tito, un poco de ilusión, de felicidad pasajera.
Los amigos más cercanos (la ocasión no da, que para los más cercanos), no son muchos. Están presentes los parientes de Tito también, los míos no fueron invitados, pero hay un alguien muy importante para Tito que está ausente.
Fernando saca algunos discos envejecidos de la envejecida discoteca, como para tantear si algo puede alegrar la singular reunión. Yo voy y vengo ajetreada, y calculo si las empanaditas y canapés serán suficientes.
Nadie dice una palabra sobre la gran ausente. Hoy "de esto no se habla". Si habláramos, la reunión sería para nosotros más triste aún. Así que hacemos como que nada nos preocupara, pero se percibe en el aire una inquietud, una tristeza, que debemos disimular a ultranza.
La gran asuente está en otra dimensiòn, en otra galaxia, maneja otros códigos, no entiende este simplísimo lenguaje de vínculos con altibajos y con contradicciones. No nos percibe, está ciega, sorda y es, a su manera y por su enfermedad, implacable.
Pero ella no tiene la culpa...

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