No me vengan con la terapia de familia!

"Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz... Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno"
El Sur/Ficciones/J.L.Borges
Creo que después de 20 años de enfermedad, como padres, podemos sacar algunas conclusiones y llegar a algunas verdades válidas para nosotros, aunque estemos descalificados para emitir el menor juicio.
(No es como esas encuestas que circulan en diferentes lugares: "Dénos su opinión, para mejorar el servicio").
De plano, lo que nosotros decimos no tiene valor, y se aferran a ultranza a "la constitución psiquiátrica".
Yo creo, según mi experiencia, que las terapias familiares no son la "panacea" y no curan a ningún enfermo, y mucho menos ayudan a los padres.
Nunca me enteré que a los psiquiatras les interesara nuestra opinión al respecto. No les interesa saber lo que pensamos, ni siquiera para cambiar o mejorar algunas cosas. No aplicamos, no existimos.
Sólo existimos para ser convocados, invitados, presionados, a las reuniones familiares, donde la demagogia y el sutil manoseo de los padres es la regla imperante. Sólo existimos para pagar honorarios.
Quizás lo que pueda rescatarse de la terapia familiar, siempre y cuando el médico que esté al frente de la misma (condición necesaria), sepa algo de terapia de familia, enfermedad mental, y tenga alguna experiencia de vida, sea impartir, cuando la enfermedad mental cae como una bomba y la familia queda totalmente desestructurada por los acontecimientos, los conocimientos básicos de lo que se puede hacer y lo que no se debe hacer.
Pasado este período, la terapia familiar, se transforma en un: "Vamos a pelearnos un rato todos juntos a lo del terapeuta", y el sabio psiquiatra, al ver como nos peleamos, señalará donde está la falla de nuestra familia, y obviamente esto nos ayudará a andar por la vida con esta tragedia en la mochila, pero sin que se note demasiado, es decir nos enseñarían, en el mejor de los casos, a hacer un "como si".
La terapia familiar, concebida como tal, con una regularidad pautada y con todos los miembros de la familia, sólo sirve (o nos sirvió a nosotros) para complicar aún más, nuestras vidas y para contribuir a pagar las cuentas, ya no nuestras, sino la de los psiquiatras.
Las terapias familiares, en las que estuvimos involucrados (fueron varias), no menguaron mi dolor, ni hicieron que todas las mañanas desde hace 20 años, cuando abro los ojos, la primera idea que llega a mi cabeza no sea Marisa y su enfermedad, o cómo pensar el futuro de ella cuando yo no exista, cosa que hasta ahora, ningún psiquiatra me preguntó: O no es importante el tema?
El psiquiatra de familia y el que nos deriva al psiquiatra de familia, parecen no tener idea de lo desgastante que puede ser concurrir a esas llamadas "reuniones familiares", donde debemos interactuar con "toda naturalidad" .
Nuevamente se siente el poder del psiquiatra que quiere saber de nosotros, mucho más allá de lo que sería necesario que supiera. Lo más grave es que nosotros sentimos que ingresamos en esa esfera de poder, y que debemos contestar.
Sentimos que nuestra intimidad corre peligro. Las cosas inherentes a nuestra familia, privativas en la mayoría de las familias (psiquiatras incluídos), en las nuestras no tienen importancia, están desparramadas por todo el escritorio sin ningún pudor, y sentimos que "el otro" no tiene el menor cuidado con lo que contamos . El cree que proviniendo de nosotros es basura, que puede quedar en cualquier cajón y expuesto a la lectura de quien sea.
Así ocurrió en el Hospital, donde el Dr. Bucahí llevó a Marisa en unas cuantas ocasiones, y en muchas reuniones de admisión para una internación.
Así ocurrió en el Hospital, donde el Dr. Bucahí llevó a Marisa en unas cuantas ocasiones, y en muchas reuniones de admisión para una internación.
Escuchamos , sentados en cubículos de 2 x 2, estos interrogatorios, quasi policiales, como cuchillazos sobre el rostro.
Vivíamos así, como podíamos, y vivimos así como podemos, con el dolor metido en el cuerpo como una daga. No hay terapia, ni familiar, ni individual, que nos haya ayudado a que nuestra familia se mantuviera en pie.
Así como Dalhmann, vivimos en una especie de infierno, aunque los demás no se den cuenta.

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