El primer psiquiatra

"You are never stronger, [...], than when you land on the other side of despair"
Zadie Smith/White Teeth
El primer psiquiatra que entró en nuestras vidas fue el Dr. Carlos Bucahi, que tenía un consultorio en la calle Charcas al 2600. Nosotros nada sabíamos de enfermedad mental, pero él, con mucha solvencia, diagnosticó: "crisis de la adolescencia, de la que los adolescentes salen enriquecidos" (en realidad, el único que salió enriquecido del tratamiento, o mejor dicho del anti-tratamiento, fue él mismo).
Estableció, sin más trámite, que "para esto no hay medicación" y que sólo "la palabra" ayudaría a Marisa, tarea a la que se prestó gustosamente, viéndola 5 veces por semana, con honorarios abultadísimos.
En lugar de medicarla, ya en la primera consulta y de inmediato, la internó en un conocido hospital privado de Buenos Aires, y de ahí en mas, cuando ella presentaba alguna descompensación, por leve que fuera, y sin duda controlable con la medicación adecuada, o que no se hubiera producido de estar medicada, optaba por internarla, 30 días, 50 días, y hasta llegó a dejarla internada 70 días.
Obviamente en el hospital se cumplían sus instrucciones de "no medicar" al pie de la letra. Así que nada podían hacer al respecto, y como ella no mejoraba, o por el contrario estaba peor, el Dr. B. no tenía idea mejor que dejarla internada hasta decidir que hacer, además de prohibir que nosotros la visitáramos, ya que nosotros éramos los culpables de todo lo que a ella le acontecía, y esta opinión no nos la ocultaba.
Durante estas internaciones, con toda caradurez, y a la hora que a él le convenìa (Fernando, el hermano de Marisa, perdía así clases en la Facultad, para asistir) nos convocaba a "reuniones de familia" dirigidas por él mismo. El resultado era previsible: Marisa nos comenzaba a agredir y él nada hacía al respecto, sólo miraba, hasta se diría, complacido. Pero en realidad, lo que sucedía era que no sabía que hacer. Es decir, NO SABIA.
Para él la biología no existía, la genética tampoco, sólo sabía aplicar cuatro o cinco obviedades de la teorìa psicoanálitica, que evidentemente a Marisa, en su estado, no le servían.
Cuando salía de las internaciones decidía todo por ella, el Hospital de Día, los acompañantes terapéuticos, que él designaba y que cambiaban constantemente, y qué decir de sus vacaciones en febrero, cuando se iba de Buenos Aires sin dejar ningún reemplazante.
En esas ocasiones, que se extendìan desde el 1 hasta el 28 de febrero, Marisa bajaba las persianas de su cuarto, ponía el colchón en el suelo, y con botellas de agua que se amontonaban en el piso, porque no permitía que nadie entrara al cuarto, permanecía tirada hasta que él regresara. Por supuesto, él sabía lo que estaba ocurriendo, pero nunca se dignó a llamarla por teléfono. Seguramente la teoría psiconalítica (sui generis, que él aplicaba) no se lo permitía.
Mientras tanto, a mis ruegos de medicarla y tener una consulta con otro profesional respondía: "Para esto no hay medicación" (frase repetida hasta el hartazgo), y "Yo no necesito ninguna consulta. Si Ud. necesita consultar, hágalo sola".
El "darse cuenta", de la teoría psicoanalítica, no lo aplicó nunca para él.
No sé si en algún momento llegó a darse cuenta del daño que le infligió, cronificándole la enfermedad por falta de medicación, y la vida miserable que durante su reinado de casi 8 años nos hizo pasar a todos, como familia.
Supongo que no. La necedad y la estupidez no tienen regreso
Estableció, sin más trámite, que "para esto no hay medicación" y que sólo "la palabra" ayudaría a Marisa, tarea a la que se prestó gustosamente, viéndola 5 veces por semana, con honorarios abultadísimos.
En lugar de medicarla, ya en la primera consulta y de inmediato, la internó en un conocido hospital privado de Buenos Aires, y de ahí en mas, cuando ella presentaba alguna descompensación, por leve que fuera, y sin duda controlable con la medicación adecuada, o que no se hubiera producido de estar medicada, optaba por internarla, 30 días, 50 días, y hasta llegó a dejarla internada 70 días.
Obviamente en el hospital se cumplían sus instrucciones de "no medicar" al pie de la letra. Así que nada podían hacer al respecto, y como ella no mejoraba, o por el contrario estaba peor, el Dr. B. no tenía idea mejor que dejarla internada hasta decidir que hacer, además de prohibir que nosotros la visitáramos, ya que nosotros éramos los culpables de todo lo que a ella le acontecía, y esta opinión no nos la ocultaba.
Durante estas internaciones, con toda caradurez, y a la hora que a él le convenìa (Fernando, el hermano de Marisa, perdía así clases en la Facultad, para asistir) nos convocaba a "reuniones de familia" dirigidas por él mismo. El resultado era previsible: Marisa nos comenzaba a agredir y él nada hacía al respecto, sólo miraba, hasta se diría, complacido. Pero en realidad, lo que sucedía era que no sabía que hacer. Es decir, NO SABIA.
Para él la biología no existía, la genética tampoco, sólo sabía aplicar cuatro o cinco obviedades de la teorìa psicoanálitica, que evidentemente a Marisa, en su estado, no le servían.
Cuando salía de las internaciones decidía todo por ella, el Hospital de Día, los acompañantes terapéuticos, que él designaba y que cambiaban constantemente, y qué decir de sus vacaciones en febrero, cuando se iba de Buenos Aires sin dejar ningún reemplazante.
En esas ocasiones, que se extendìan desde el 1 hasta el 28 de febrero, Marisa bajaba las persianas de su cuarto, ponía el colchón en el suelo, y con botellas de agua que se amontonaban en el piso, porque no permitía que nadie entrara al cuarto, permanecía tirada hasta que él regresara. Por supuesto, él sabía lo que estaba ocurriendo, pero nunca se dignó a llamarla por teléfono. Seguramente la teoría psiconalítica (sui generis, que él aplicaba) no se lo permitía.
Mientras tanto, a mis ruegos de medicarla y tener una consulta con otro profesional respondía: "Para esto no hay medicación" (frase repetida hasta el hartazgo), y "Yo no necesito ninguna consulta. Si Ud. necesita consultar, hágalo sola".
El "darse cuenta", de la teoría psicoanalítica, no lo aplicó nunca para él.
No sé si en algún momento llegó a darse cuenta del daño que le infligió, cronificándole la enfermedad por falta de medicación, y la vida miserable que durante su reinado de casi 8 años nos hizo pasar a todos, como familia.
Supongo que no. La necedad y la estupidez no tienen regreso

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