domingo, enero 29, 2006



Quien le pone el cascabel al gato?

Me entrevisto con el Dr. Bucahi para decirle que Marisa lo va a dejar y va a entrar a la clínica D.
Sus ojos no reflejan nada.
Respecto a la decisión tomada dice que deberíamos hacer una reunión, en el mismo hospital donde está internada Marisa, para comunicárselo.
Creyendo que es una buena idea, acepto.
Antes de irme saco de mi bolso un reloj de colección, que había pertenecido al abuelo de Marisa, y se lo alcanzo (en recompensa por los servicios prestados). Era necesario pagar ese precio con tal de sacarse de encima al Dr. Bucahi.
El día de la reunión llegamos con un poco de anticipación. Por casualidad pasamos por una sala de la que provenía la música de un tango, y que tenía la puerta entreabierta. Trato de mirar y veo a Marisa, bailando con otra persona, con la mirada desconectada. Recuerdo que tenía puesto algo amarillo.
Nos reunimos, Fernando, Tito, el Dr B. y yo en una pequeña sala. Traen a Marisa. El Dr. Bucahi, a boca de jarro, dice:
-Tus padres quieren que me abandones y que vayas a la clínica D.
Marisa se dirige a mi:
-Hija de puta, que soy yo para vos? Te odio, no quiero verte nunca más. Hija de mil putas.
Bucahi mira impasible la escena, y no hace ni dice absolutamente nada. Ya desató la guerra, que era su objetivo.
Fernando, que habla poco, le dice.
Ud. sabe Dr. que nos estamos muriendo día a día.
Si, por eso le estoy a diciendo a Marisa que sus padres quieren que salga del hospital para ingresar en la Clínica D.
-Estoy harta de que se metan conmigo y me quieran tratar como a un paquete que no puede opinar.
Bucahi sigue mirando como si estuviese en la primera fila de un teatro.
Habla Tito:
-Te queremos llevar a esta clínica porque queremos intentar alguna otra alternativa que te ayude a salir de este estado.
Habla Marisa:
Hija de puta, hija de las re-mil putas y la puta que te parió. Hijos de puta los dos. Cretinos y desgraciados. Antes de eso me tiro abajo de un tren.
Bucahi seguía, impertérrito, mirando la escena.
Me levanté como si estuviera movida por un resorte, lo miré y le arrostré:
-Ud. sabía de que se trataba la reunión. Ud. provocó esto! Ud. con toda premeditación me colocó en la línea de fuego!
Los sollozos me ahogaban, estaba saliendo de la habitación que prácticamente se había transformado en una sala de tortura. Tito quiso detenerme, pero el gran arreglador le dijo:
-Déjela, que salga.
Desgraciado, pensé, necio.