domingo, febrero 19, 2006

Como si fuera ayer


"Uno valoriza ciertas cosas a medida que avanza en el camino de la vida. Cuando se es jóven, uno cree en las rupturas, los cambios, los cortes, aquellos hechos que marcan claramente las transiciones que se viven"............. (Soy Roca/Félix Luna)

Pertenezo a una famila de inmigrantes judeo-orientales. Dos de mis hermanos vinieron con mis padres de un lugar muy lejano, en donde quedaron parte de sus familias.

Se instalaron en condiciones muy duras en Buenos Aires, donde nací yo, y dos hermanos más. Eramos cuatro mujeres y un varón.
La historia, muy emotiva por cierto, de su venida para estas latitudes, la escuché muchas veces: un barco de tercera clase, la gente hacinada, la llegada a un pais desconocido, las penurias económicas de los primeros años.
Tenían la ventaja de conocer y hablar el ladino, lengua con la que me familiaricé, y con la que crecí, y aprendieron a manejarse bastante bien con el español moderno.
No obstante, el ladino era usual adentro de casa y sobre todo entre ellos, así es que esta lengua siempre guardó y guardará para mí las connotaciones de lo familiar y de lo más entrañable.
Mi madre solía cantar en casa maravillosas canciones en ladino, y siempre tenía a flor de piel alguno de sus refranes ladinos, "ad-hoc" para cada ocasión, ya fuera para reprendernos o para alabarnos.
Mi nacimiento, fui yo la última después de algunos años, trajo aparejado, o por lo menos se dio la circunstancia de que mi padre, que ya estaba progresando económicamente, alcanzara una posición económica sólida.
Tenía, como muchos de sus "compatriotas", un negocio en el barrio de Once. Conocía a todos sus vecinos de varias cuadras a la redonda, ya que la mayoría de ellos provenían del mismo lugar, de manera que su vida laboral se desarrollaba plácidamente y con muchas relaciones sociales.
Se encontraba todas las tardes con sus amigos a tomar café en el Bar León de Corrientes y Pueyrredón, soliendo decir (o burlarse un poco) que el grupo que ellos formaban era el único que tomaba café, porque los demás parroquianos, judíos del este, tomaban té, bebida que en mi casa prácticamente no se consumía, salvo que alguien estuviese enfermo.
Mamá fue maravillosa, una mujer cálida, cariñosa, permisiva, y ahora que lo pienso, parecía saber por intuición todas esas cosas que nuestra generación aprendió por información.
Con la situación económica buena, paralela también en las otras familias, desarrolló con bastante mesura, un gusto especial por la timba, y jugaba a las cartas con montones de amigas que, como ella, provenían de Turquía.
Le gustaba realmente, porque todas las tardes se iba de casa para tal fin, y de tanto en tanto le tocaba a ella recibir a sus amigas para jugar en casa. Ese día era muy importante para nosotros, o para mí, porque en la cocina se preparaban manjares turcos que eran y son verdaderamente deliciosos, y entonces yo podía zafar del consabido pan con manteca de la merienda cotidiana.
Papá era más distante, pero a su manera también era cariñoso. No dejó una sola mañana de leer sus oraciones en hebreo antes de salir para "el negocio", no dejó de ir al templo un solo viernes, no dejó de ir al templo en todas las festividades judías, ni dejó de ayunar jamás el día de Yom Kipur. Era su forma de sentirse "judio".
Cada mañana, después de terminado su arreglo personal, vestido de traje, corbata, y sombrero, se acercaba a una gran mata de jazmines que teníamos en el jardín, arrancaba uno, y se lo prendía en la solapa.
Es que el viejo se las traía... pero esa es otra historia.