Como si fuera ayer -

"......Y he llegado a la conclusión de que hay una sola gran continuidad: la de la sangre. Es la que ahora me empuja a recoger los hilos de la memoria para urdirlos de modo que sean coherentes"
Soy Roca/Félix Luna
Como empezar a hablar de Marcelo?
Podría ser recordando cuando yo adolescente y él, algo más grande que yo, me iba a buscar a las fiestas y "asaltos" tan en boga por aquellos tiempos. No quería que volviera con nadie, y se tomaba esa molestia con bastante frecuencia.
En aquellas ocasiones empecé a encontrarme en el coche con una señorita muy bonita que lo acompañaba.
Quién era esa señorita? Era la novia prohibida, porque no era judía. No había nada que hacer.
Mis padres, tan comprensivos y tan permisivos en todo, se atrevieron -uno se pregunta desde que lugar- a ponerle palos en la rueda a ese romance que parecía tan auténtico. Había que tener mucha omnipotencia para suponer que se podían dirigir los destinos de un hijo. Así era entonces.
La relación se extendía y se extendía. Marcelo se fue a vivir con ella sin el consentimiento paterno, lógicamente, y eso tenía su precio. La tranquilidad que se vivía en mi casa se vio pronto perturbada por esa novia "goy" que mis padres "a ultranza" no querían. No importaba que fuera inteligente, linda, jóven y que lo amara a él como ninguna, y que este amor fuese recíproco . No importaba.
Las discusiones se sucedían y él, para evitarlas, venía poco a casa, con las lógicas consecuencias para mi madre que lloraba y sufría.
Finalmente, lo previsible. Marcelo dejó a María Angélica
Siguío siendo un buen hijo. Nunca un reproche. Pero no se casó. Vivió solo en su departamento. Libaba en todas las flores, que es como no libar en ninguna.
Quería mucho a sus sobrinos que a la sazón eran como 12, incluyendo mis dos hijos, a los que le dedicaba mucho de su tiempo.
Fatalmente, o estúpidamente, encontró la muerte en una esquina de su Buenos Aires. Un accidente automovilístico absurdo nos dejó sin su querida presencia.
Yo estaba en mi casa, casada ya, cuando sonó el teléfono. No se trataba de un familiar, era una voz extraña, pero yo escuchaba gritos, y se me antojaba que una de las personas que gritaba era una de mis hermanas.
Cuando la persona que me llamó me dijo: "Su hermano sufrió un accidente y no se encuentra bien", comprendí que ya lo habíamos perdido. Me quedé clavada en el sillón desde donde atendí la llamada. Mis piernas estaban paralizadas y no podía ponerme de pie.
Tito ya lo sabía, le habían hablado a su oficina, y ya estaba enterado. Como siempre, y con su habitual manera de pretender manejar sentimientos "por decreto", sentenció: "Tenés que ser fuerte". Falleció.
Tenés que ser fuerte? Y por qué tengo que ser fuerte? Quién dijo que tengo que ser fuerte?
Yo no quería ser fuerte.
Marisa, no tuvo la suerte de conocerlo, sólo tenía 7 meses cuando ocurrió su desaparición y durante ese corto lapso me reprochaba que siempre que venía a casa la encontraba durmiendo. Es que había tanto tiempo por delante!
A veces pienso que si hubiera vivido, quizás Marisa no se hubiera enfermado. Es una idea absurda, sin sentido, pero me gusta jugar con esa idea tonta y sin sentido, me gusta dejar espacios para la incertidumbre, para lo azarozo.
Fernando lo conoció un poco más, y vaya uno a saber que pensó su cabecita de escasos dos años, cuando aquel personaje alto, moreno, que le sacaba chocolates y autitos de la guantera del coche, como un verdadero juego de magia, desapareció misteriosamente de su vida, también como un juego de magia.
Para sostener a nuestros padres, debimos ser fuertes.

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