Historias con psiquiatras
Allá por el quattrocento
Esta es la triste historia de una mujer y de un implacable psiquiatra, en los albores del Renacimiento. La figura muestra claramente como esta pobre madre implora de rodillas que cure a su hijo, pero él es inflexible.

En realidad no se niega a curar a su hijo, lo que ocurre es que le quiere imponer ciertas condiciones, no fáciles de aceptar, que tienen que ver con los bienes terrenales.
Ella, ingenua, creyendo que él se conformaría con poco, le lleva un pedazo de terciopelo que le había quedado de unos sillones que había retapizado, y se lo muestra entusiasmada para que él constate la gran calidad de la tela, explicándole que es importada y que la había comprado en Sudáfrica en 1979, cuando Joe era mini
stro de economía , en aquella inolvidable década del "déme dos"y de algunas otras cosas más, pero él, inconmovible no acepta.
Vuelve a su casa desesperada y despierta a su marido que estaba durmiendo profundamente después de un día agotador, mejor dicho de una noche agotadora, en la que se había ido a tomar unas cervezas con unos amigos que no pudieron volver a sus respectivas casas de tan borrachos que estaban.
-Che viejo, me parece que vamos a tener que largar algunas otras cosas...
Cómo? dice él, todavía un poco dormido.
-El psiquiatra quiere más. El terciopelo no le gustó.
Cómo? dice él, todavía un poco dormido.
-El psiquiatra quiere más. El terciopelo no le gustó.
-No le gustó esa tela tan hermosa?
-No, no le gustó. Es un tipo muy ambicioso.
-Bueno, que sé yo, ofrecéle tu "studio" de Mataderos.
Muy angustiada, porque iba a perder su amado "studio" de Mataderos, pero resignada a hacer cualquier cosa por su hijo enfermo, lo manda al nene ( otro hijo) para que le muestre el departamento al doc.
Muy angustiada, porque iba a perder su amado "studio" de Mataderos, pero resignada a hacer cualquier cosa por su hijo enfermo, lo manda al nene ( otro hijo) para que le muestre el departamento al doc.
El chico refunfuña un po
co, pero finalmente acepta. Toman el colectivo 63 que los deja justo, en realidad a 8 cuadras del lugar. El chico le muestra el departamento y los alrededores para que él advierta las bellezas del barrio, que esa noche estaba lleno de bullicio y algarabía por un show de tango propiciado por el Sr. Telerman. Pero así y todo, no le gustó.
co, pero finalmente acepta. Toman el colectivo 63 que los deja justo, en realidad a 8 cuadras del lugar. El chico le muestra el departamento y los alrededores para que él advierta las bellezas del barrio, que esa noche estaba lleno de bullicio y algarabía por un show de tango propiciado por el Sr. Telerman. Pero así y todo, no le gustó.-No, no y no.
-Vení , yo te voy a mostrar que departamentos quiero. Te voy a llevar en taxi y lo voy a pagar, aunque en realidad no me corresponda. Dicho esto, para un taxi y se van hasta Puerto Madero.
-Ves este barrio? Lo ves bien? El chico miraba deslumbrado. El barrio era rarísimo, no se daba cuenta si era lindo u horrible, porque era muy chico para darse cuenta de esas cosas, pero que era raro, era raro.
- Vas y le decís a tus viejos que aquí quiero un par de departamentos y algún restaurante si es posible.
El chico quedó consternado porque sabía bien que no tenían ningún departamento en Puerto Madero, tenían uno en "La Perla", pero como era tímido no se animó a decírselo.Volvió a la casa desesperado y lo contó todo a sus padres.
-Departamentos en Puerto Madero no tenemos, pero vas a tener que ir de nuevo y preguntarle si quiere el departamento que tenemos en" La Perla" o el de "Flores."
La madre, en el fondo, se puso muy contenta de que al psiquiatra no le gustara el "studio" de Mataderos. En ese "studio", ella se dedicaba al arte. Había visto por Cablevisión una película sobre Pollock, y le pareció sumamente fácil imitarlo. Se fue entonces a una pinturería "al por mayor" y compró un montón de tarros de pintura de todos los colores. Los cargó en un flete y los mandó al "studio" de Mataderos. Una vez ahí, y ya dispuesta a darle rienda suelta a su veta artística, puso unas sábanas viejas en el suelo y empezó a tirarles pintura por todos lados, logrando unas chorreaduras que ella juzgó muy bonitas y superiores a las de Pollock. Estaba segura que en algún momento su arte iba a ser descubierto y reconocido. Sólo era cuestión de esperar un tiempo hasta encontrar un mecenas que le hiciera algún encargo.
Ufa, dijo el chico, otra vez no voy .
-El departamento de "La Perla" está a 20 cuadras del mar. No le va a gustar, y en el de "Flores" vive la abuela.
-Qué vas a hacer con la abuela?
-Ya veremos. Tendrá que ir a un geriátrico.
- Vos vas y le preguntás.
- Vos vas y le preguntás.
Dicho esto la madre dió por terminado el tema, y el nene tuvo que volver a hablar con ese ogro de psiquiatra.
Cuando el chico le ofreció los dos departamentos, al psiquiatra le agarró una cosa por dentro y se sintió como conmovido, porque después de todo el chico era chico, y estaba luchando por el amor fraternal que sentía y, entonces, al psiquiatra, que no era tan malo después de todo como se comprobará al final de la historia, le asomaron por los ojos unos lagrimones que le fueron corriendo por las mejillas.
En realidad, el chico estaba repodrido del hermano loco, con quien tenía que compartir el cuarto, además de soportar que le revolviera sus cosas, sin contar el día que le pegó una patada al televisor y otra a la computadora y no pudo ver más su programa favorito ni mandarle e-mails a su novia, a quien no podía ver muy seguido, porque vivía un poco lejos, del otro lado del Arno, pero esa era otra historia y no pensaba contársela, justamente, al psiquiatra.
Terriblemente emocionado, el psiquiatra le dice:
-Está bien, agarro el departamento de "La Perla" y el de "Flores", algo es algo, y te voy a decir una cosa:
-Sos muy convincente ofreciendo departamentos. Yo te aconsejo que cuando seas un poquito más grande te pongas una inmobiliaria.
Ahí se separaron, el chico volvió a su casa con las buenas nuevas. Por fin alguien iba a curar a su hermano loco, y el psiquiatra, por su parte llamó con su celular a su secretaria, Astrid Sforza, por quien sentía una gran simpatía, y le preguntó si no querría ir con él a los "Bosques de Palermo."
Estuvieron retozando largo rato en los "Bosques de Palermo", y le compraron a un viejito unas bolsitas con granos de maíz para tirarle a las palomas. El psiquiatra estaba contento y reconfortado consigo mismo. Pero tan contento estaba, y de tanto tirarle maíz a las palomas, se olvidó que tenía que ir a la facultad a dar una clase. Así que con todo el dolor del alma, se despidió de su secretaria Astrid, y corrió a la Facultad donde sus alumnos estaban impacientes por escucharlo en una de sus clases magistrales:
"Ultimos avances en Psiquiatría llegados del Oriente"
F I N




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