Domingo I

Se levantó como todos los domingos a las 9, se vistió y fue a sentarse como todos los domingos a un café del que era habitué.
El día más difícil de la semana estaba aún por transcurrir. Se había preguntado mil veces si para todos el domingo sería un día difícil, o era una sensación que él solo experimentaba.
Miró con detenimiento a su alrededor. No había personas solas. Parejas, mesas de tres o cuatro en una de las cuales la gente se reía ruidosa y repetidamente como si hubiera una necesidad u obligación de reirse. Acaso el domingo no había sido instituido para divertirse?
En lo que respecta al domingo, tenía las cosas claras: Para él era un día diferente.
Cincuentón y solterón, había tenido a lo largo de su vida adulta muchas mujeres, las seguía teniendo. Mujeres no le faltaban, pero nunca había querido transar con el matrimonio.
Con algunas había convivido un tiempo, con otras no se había animado. Eso sí, a ninguna le había mentido con el tema del casamiento. El contrato verbal debía ser siempre claro: "Yo no me caso". Otro punto del contrato, quizás menos relevante que el anterior pero más curioso, se refería al domingo: "Los domingos quiero estar solo".
Mientras se tomaba el café doble y se comía las medialunas con dulce de leche, siguió observando a sus vecinos de mesa y en un momento determinado, lo que vió o creyó ver no le gustó a pesar de estar él mismo metido en la escena: seres incomunicados y terriblemente solos. La gente en realidad no se divertía. Tuvo una sensación extraña a la que no supo darle significado, pero que pensó, se parecía al miedo.
Recordó haber visto, en algún museo de los pocos que había visitado en alguna de las pocas ciudades que conocía, una pintura que le llamó la atención cuyo título era casualmente Domingo. Pucha, se dijo, tendría que haber anotado el nombre del pintor, o haber comprado el poster para colgarlo en mi dormitorio.
Pero sí recordaba nítidamente lo que parecía describir la pintura, la que se quedó largo rato mirando: una ciudad pequeña americana, principio de siglo cuando el progreso estaba aún por estallar, un negocio cerrado, una calle desolada sin rastro de gente, y un hombre sentado en lo que sería la acera, vestido con una camisa blanca y limpia.
La obra parecía expresar una atmósfera de aislamiento total y de soledad casi sobrecogedora. El personaje parecía decirle que ese día, domingo, como rezaba el nombre de la pintura, no sabía que hacer y estaba sentado esperando algo.
Metido en estas elucubraciones, y un poco llevado por la extraña sensación de miedo, tomó una decisión para él trascendente y novedosa. El domingo siguiente visitaría a Vanda, su hermana, en su casa de fin de semana.
Ella estaría encantada. Siempre lo invitaba y él siempre se rehusaba. Durante la semana la llamaría para contarle de su visita.
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