viernes, abril 28, 2006

Cerca del objetivo III


Estaba yo en esas elucubraciones, cuando me llegó una oferta del amigo de otro amigo de un pariente...
Se trataba de un departamento de una mujer sola que ya estaba viviendo en una especie de geriátrico.
Fui a ver el departamento que estaba cerca de un barrio llamado Buvli, pero al mismo tiempo el lugar no era residencial como Buvli. Estaba ubicado en un 6º piso al frente sobre una avenida colectora de gran tránsito pesado. Desde muy tempranas horas, y prácticamente durante todo el día, el ruido era muy intenso.
No era feo pero, como los otros que había visto, tanto los muebles como el departamento estaban en mal estado.
Me dije que no iba a conseguir nada mejor y acepté la oferta. La hija de la señora en cuestión quería hacer un contrato, lo que me pareció natural.
Lo que no me imaginé, y que descubrí el día que fui a firmarlo, fue que el contrato estaba en hebreo. A pesar de que estaba presente un primo de Tito, residente en Israel y abogado, no me gustaba la idea de firmar algo que no entendía.
El me tradujo el contrato, que contenía algunas sorpresas. La más original era que si la señora dueña del departamento se moría, el mismo pasaba a manos del geriátrico, y entonces no me quedaba muy claro a manos de quien pasaba yo. Los presentes coincidieron que, a pesar de la avanzada edad de la señora, era una posibilidad remotísima y que no había razón para alarmarse.
En realidad no me dejé amedrentar por esta cláusula, al fin y al cabo todo era una apuesta, y también podría morirme yo, (que a estas alturas bien me lo merecía) y acepté lo que para cualquiera hubiese sido descabellado. Pero siendo todo descabellado, por empezar nuestras propias vidas, este nuevo correlato no debía asustarme. De modo que firmé y pagué.
Recibí el departamento que, teóricamente, recién usaría aproximadamente dos meses después.
Cuando entré sin acompañantes me di cuenta de las condiciones reales en que estaba, sobre todo en aquellos lugares que no se muestran en una visita.
El ruido de la calle y el estado del departamento consiguieron bajonearme, cosa para la que yo no me daba muchos permisos.
La Sra. que ayuda a Ruth en su casa aceptó darme una mano, y junto con ella empezamos una especie de revolución copernicana dentro del departamento.
Quería dejarlo en condiciones de higiene habitables antes de volver a Buenos Aires. Cambié de lugar muebles para ver si así se veían mejor, descolgué cuadros y adornos varios y los mandé esconder a un lugar donde yo no pudiera verlos.
Lo dejé lo más despojado posible. Tiré casi todas las cosas que había en la cocina, que debía reponer, obviamente. Debía comprar un colchón, un televisor que funcionase y algunas cosas más. Cuando dimos por finalizada la tarea, porque más no se podía hacer, en realidad el departamento no había cambiado mucho.
Era la hora de la tarde, me acerqué al ventanal de living que daba a esa gran avenida, y me pregunté qué estaba haciendo en ese lugar. La pregunta era angustiante y las eventuales respuestas lo serían también.