I N T E R M E D I O - III

Nordeste......
...Su mente comenzó a obnubilarse. Ya no podía orientarse. No podía discernir si la hostería podría estar delante o detrás de ella.
Empezó a fijar su atención en las otras pequeñas construcciones que estaban sobre las dunas y que tenían como la hostería una salida a la playa.
Pensó que en alguna de esas pequeñas edificaciones podría haber alguien. Subió una duna relativamente baja y se acercó todo lo que pudo hacia lo que sería la parte de atrás de una casa.
La pared era de vidrio, de modo que podía mirar para adentro. Lo que vio le hizo detener la respiración. A la manera de un viejo sueño, un sueño antiguo, olvidado, vió un montón de sillas amontonadas puestas boca abajo, una sobre otra. Era sin duda un lugar abandonado. Nadie habitaba esa casa desde hacía mucho tiempo.
Bajó corriendo, despeñándose por sus movimientos desacompasados, y trató de subir otra duna.
El espectáculo era parecido. Cosas viejas y amontonadas, alacenas vacías con las puertas abiertas. Eran casas vacías, quizás en otro tiempo estuvieron ocupadas, tuvieron vida, pero ahora estaban terriblemente desoladas y tristes.
El espectáculo era parecido. Cosas viejas y amontonadas, alacenas vacías con las puertas abiertas. Eran casas vacías, quizás en otro tiempo estuvieron ocupadas, tuvieron vida, pero ahora estaban terriblemente desoladas y tristes.
Mara sintió que estaba en otra dimensión, se dijo que quizás estuviese en otro tiempo también.
El crepúsculo estaba ya instalado, no era de noche, pero no faltaba mucho para que lo fuera.
Súbitamente, creyó ver una persona en una terraza montada sobre la duna. Se acercó todo lo que pudo, y, en efecto vió a un hombre de color con una camisa azul, sentado con un perro a su lado.
En realidad lo que vió primero fue el color azul de la camisa. Subió la duna en un estado de agotamiento total y trató de llamarlo, le gritó fuerte, algo que el hombre seguramente no entendió.
El hombre no se movía, y ella comenzó a hacerle señas con su mano como para que se acercara.
No podía creer lo que le ocurría. Encontrar a un ser humano, en medio de tanta desolación. Hubiera deseado abrazarlo, recostar su cabeza sobre su hombro, pedirle que no la abandonara.
Si el destino quería que ella permaneciera en ese lugar indefinidamente, lo haría, pero con él. Ya no estaría sola.
Por un momento el hombre no se movió de su posición. Dubitó un poco y luego se levantó y se acercó a ella lentamente, acompañado de su perro.
Mara, como pudo le explicó lo que le sucedía, que no encontraba el lugar donde estaba su marido y al que habían llegado esa mañana.
El hombre no entendía su idioma, no entendía lo que ella le decía. Sólo hacía un gesto negativo con la mano, como si tratara de explicarle que por ahí, en esos parajes, no había ninguna hostería.
Ella insistía, le pedía que la acompañara y la ayudara a encontrar a su marido. El hombre primero se negó y luego aceptó. Caminaron un rato.
Se hizo de noche, el mar calmo se embraveció un poco, las palmeras desarraigadas se movían y sus lánguidos follajes se tocaban unos con otros.
Ni rastro de la hostería. Casi sin hablarse, porque no se entendían, el hombre la condujo de vuelta a aquella terraza, desde donde Mara lo había divisado. La invitó con un gesto a sentarse en el mismo lugar donde él había estado sentado . Ella obedeció y estirando sus piernas en el banco, agotada, cerró los ojos. Sólo quería dormir y olvidar.

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