martes, febrero 28, 2006

Como si fuera ayer -



"......Y he llegado a la conclusión de que hay una sola gran continuidad: la de la sangre. Es la que ahora me empuja a recoger los hilos de la memoria para urdirlos de modo que sean coherentes"
Soy Roca/Félix Luna


Como empezar a hablar de Marcelo?
Podría ser recordando cuando yo adolescente y él, algo más grande que yo, me iba a buscar a las fiestas y "asaltos" tan en boga por aquellos tiempos. No quería que volviera con nadie, y se tomaba esa molestia con bastante frecuencia.
En aquellas ocasiones empecé a encontrarme en el coche con una señorita muy bonita que lo acompañaba.
Quién era esa señorita? Era la novia prohibida, porque no era judía. No había nada que hacer.
Mis padres, tan comprensivos y tan permisivos en todo, se atrevieron -uno se pregunta desde que lugar- a ponerle palos en la rueda a ese romance que parecía tan auténtico. Había que tener mucha omnipotencia para suponer que se podían dirigir los destinos de un hijo. Así era entonces.
La relación se extendía y se extendía. Marcelo se fue a vivir con ella sin el consentimiento paterno, lógicamente, y eso tenía su precio. La tranquilidad que se vivía en mi casa se vio pronto perturbada por esa novia "goy" que mis padres "a ultranza" no querían. No importaba que fuera inteligente, linda, jóven y que lo amara a él como ninguna, y que este amor fuese recíproco . No importaba.
Las discusiones se sucedían y él, para evitarlas, venía poco a casa, con las lógicas consecuencias para mi madre que lloraba y sufría.
Finalmente, lo previsible. Marcelo dejó a María Angélica
Siguío siendo un buen hijo. Nunca un reproche. Pero no se casó. Vivió solo en su departamento. Libaba en todas las flores, que es como no libar en ninguna.
Quería mucho a sus sobrinos que a la sazón eran como 12, incluyendo mis dos hijos, a los que le dedicaba mucho de su tiempo.
Fatalmente, o estúpidamente, encontró la muerte en una esquina de su Buenos Aires. Un accidente automovilístico absurdo nos dejó sin su querida presencia.
Yo estaba en mi casa, casada ya, cuando sonó el teléfono. No se trataba de un familiar, era una voz extraña, pero yo escuchaba gritos, y se me antojaba que una de las personas que gritaba era una de mis hermanas.
Cuando la persona que me llamó me dijo: "Su hermano sufrió un accidente y no se encuentra bien", comprendí que ya lo habíamos perdido. Me quedé clavada en el sillón desde donde atendí la llamada. Mis piernas estaban paralizadas y no podía ponerme de pie.
Tito ya lo sabía, le habían hablado a su oficina, y ya estaba enterado. Como siempre, y con su habitual manera de pretender manejar sentimientos "por decreto", sentenció: "Tenés que ser fuerte". Falleció.
Tenés que ser fuerte? Y por qué tengo que ser fuerte? Quién dijo que tengo que ser fuerte?
Yo no quería ser fuerte.
Marisa, no tuvo la suerte de conocerlo, sólo tenía 7 meses cuando ocurrió su desaparición y durante ese corto lapso me reprochaba que siempre que venía a casa la encontraba durmiendo. Es que había tanto tiempo por delante!
A veces pienso que si hubiera vivido, quizás Marisa no se hubiera enfermado. Es una idea absurda, sin sentido, pero me gusta jugar con esa idea tonta y sin sentido, me gusta dejar espacios para la incertidumbre, para lo azarozo.
Fernando lo conoció un poco más, y vaya uno a saber que pensó su cabecita de escasos dos años, cuando aquel personaje alto, moreno, que le sacaba chocolates y autitos de la guantera del coche, como un verdadero juego de magia, desapareció misteriosamente de su vida, también como un juego de magia.
Para sostener a nuestros padres, debimos ser fuertes.

lunes, febrero 27, 2006

Como si fuera ayer


".... A medida que envejezco doy más importancia a las continuidades y trato de descubrirlas bajo las apariencias de lo que cambia y muda".......
(Soy Roca/Félix Luna)

Yo soy la menor de cinco hermanos. Eso me trajo aparejado un montón de ventajas.
Tenía muchos amigos, algunos, vecinos de la cuadra, otros, del colegio, otros, parientes, así que la pasaba bastante bien. Pero además estaban los amigos de mis hermanos, y yo me las ingeniaba (no siempre con éxito) para colarme. Mi casa estaba siempre llena de los amigos de mis hermanos.
Mi hermana mayor es la que me prestaba menos atenciòn, quizás porque era ya una señorita, cuando yo era todavía una nena. Recuerdo que lo que más le envidiaba eran los zapatos de taco alto, los que aprovechaba para ponerme ni bien ella se iba de la casa, con las consecuencias que son de prever. No obstante, mi hermana, que en la actualidad vive en Barcelona, me arrastraba hacia una habitación, el comedor diario (que estaba atrás del jardín), toda vez que desde el Colón se transmitía alguna ópera que a ella le gustara, sobre todo si cantaba su cantante preferida de entonces que era Delia Rigal. Grande como era, tenía miedo de quedarse sola hasta las 12 de la noche, hora en que aproximadamente terminaba la transmisión. Yo solía quedarme dormida sobre la mesa y no entiendo por qué no me rebelaba y aceptaba esta imposición.
En el patio y jardín se armaban muchos bailes, mi hermano era el promotor y el que coleccionaba los discos del momento, aquella música maravillosa de los 50, de las "big bands". Cuando no me colaba entre los bailarines me iba a una habitación de la planta alta, que daba precisamente al patio, y desde ese "observatorio privilegiado" miraba con atención lo que sucedía abajo. Quiénes bailaban "separados", quiénes un poco mas cerca, y quiénes lo hacían "cheek to cheek", quiénes "chapaban", preguntándome cuándo yo podría estar en ese lugar.
Mis hermanas mujeres se casaron todas muy jóvenes, como lo exigía la "presión cultural", de modo que en casa quedamos mi hermano y yo.
Esa época de mi vida, hasta la adolescencia, fue verdaderamente fabulosa.

lunes, febrero 20, 2006

Soy tu voz


"No meio do camino tinha uma pedra/
Tinha uma pedra no meio do camino
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ."
Seleta em Prosa e Verso
Carlos Drummond de Andrade


Soy Marisa. Ahora tengo 37 años y hace 20 que estoy enferma.
Cuando me enfermé a los 17 años, yo tampoco, como mis padres, tuve mucha conciencia de lo que me estaba pasando. Sólo sé que sentía una gran tristeza, un gran abatimiento, y que toda la alegría y felicidad que había detentado hasta entonces, me había abandonado.
Fueron muy largos estos 20 años. Para mi, y para mi familia. Ellos sufrieron conmigo, aunque es inevitable que mi sufrimiento sea diferente.
Ellos, de alguna manera, siguieron con sus vidas. Sobre todo mi papá y mi hermano.
Sé que a la que le costó más y le cuesta todavía despegarse de lo que a mi me pasa, es a mi mamá. Yo me doy cuenta, y quisiera decirle que la entiendo y me duele, pero no puedo expresarlo y callo.
Yo soy muy introvertida. Quisiera comunicarme más con la gente, pero no puedo. La gente me inspira mucho miedo. Miedo a ser lastimada.
He pasado muchos días sin poder salir, escondiéndome, como esas grandes aves que se ocultan entre las rocas desnudas.
Mi futuro es incierto, como el de todas las personas que tienen problemas mentales, pero abrigo alguna esperanza de que mi vida cambie, aunque más no sea un poco, para poder disfrutar de algunas de las cosas que están ahí.... y que yo no puedo alcanzar por más que estire los brazos.

domingo, febrero 19, 2006

La gran ausente



Hace ya cuatro años que Marisa está enferma
Aún no ha ingresado a la clínica D., y está viviendo sola en un departamento de la calle Paraguay.
Es el cumpleaños de Tito, y cada una de estas fechas, otrora fáciles y hasta divertidas, son como una piedra que debemos digerir. No obstante, no podemos dejar pasar el día sin un mínimo festejo.
Nos preparamos como podemos para la ocasión. Fernando que aún está en Buenos Aires, nos ayuda.
Con esfuerzo se van encendiendo una a una las luces. En la cocina, el horno ya comienza a calentar bocaditos.
En un rincon de la cocina yace una torta decorada, que ostenta una plaquetita que dice "Feliz cumpleaños Tito", y aspira llevarle a Tito, un poco de ilusión, de felicidad pasajera.
Los amigos más cercanos (la ocasión no da, que para los más cercanos), no son muchos. Están presentes los parientes de Tito también, los míos no fueron invitados, pero hay un alguien muy importante para Tito que está ausente.
Fernando saca algunos discos envejecidos de la envejecida discoteca, como para tantear si algo puede alegrar la singular reunión. Yo voy y vengo ajetreada, y calculo si las empanaditas y canapés serán suficientes.
Nadie dice una palabra sobre la gran ausente. Hoy "de esto no se habla". Si habláramos, la reunión sería para nosotros más triste aún. Así que hacemos como que nada nos preocupara, pero se percibe en el aire una inquietud, una tristeza, que debemos disimular a ultranza.
La gran asuente está en otra dimensiòn, en otra galaxia, maneja otros códigos, no entiende este simplísimo lenguaje de vínculos con altibajos y con contradicciones. No nos percibe, está ciega, sorda y es, a su manera y por su enfermedad, implacable.
Pero ella no tiene la culpa...

Como si fuera ayer


"Uno valoriza ciertas cosas a medida que avanza en el camino de la vida. Cuando se es jóven, uno cree en las rupturas, los cambios, los cortes, aquellos hechos que marcan claramente las transiciones que se viven"............. (Soy Roca/Félix Luna)

Pertenezo a una famila de inmigrantes judeo-orientales. Dos de mis hermanos vinieron con mis padres de un lugar muy lejano, en donde quedaron parte de sus familias.

Se instalaron en condiciones muy duras en Buenos Aires, donde nací yo, y dos hermanos más. Eramos cuatro mujeres y un varón.
La historia, muy emotiva por cierto, de su venida para estas latitudes, la escuché muchas veces: un barco de tercera clase, la gente hacinada, la llegada a un pais desconocido, las penurias económicas de los primeros años.
Tenían la ventaja de conocer y hablar el ladino, lengua con la que me familiaricé, y con la que crecí, y aprendieron a manejarse bastante bien con el español moderno.
No obstante, el ladino era usual adentro de casa y sobre todo entre ellos, así es que esta lengua siempre guardó y guardará para mí las connotaciones de lo familiar y de lo más entrañable.
Mi madre solía cantar en casa maravillosas canciones en ladino, y siempre tenía a flor de piel alguno de sus refranes ladinos, "ad-hoc" para cada ocasión, ya fuera para reprendernos o para alabarnos.
Mi nacimiento, fui yo la última después de algunos años, trajo aparejado, o por lo menos se dio la circunstancia de que mi padre, que ya estaba progresando económicamente, alcanzara una posición económica sólida.
Tenía, como muchos de sus "compatriotas", un negocio en el barrio de Once. Conocía a todos sus vecinos de varias cuadras a la redonda, ya que la mayoría de ellos provenían del mismo lugar, de manera que su vida laboral se desarrollaba plácidamente y con muchas relaciones sociales.
Se encontraba todas las tardes con sus amigos a tomar café en el Bar León de Corrientes y Pueyrredón, soliendo decir (o burlarse un poco) que el grupo que ellos formaban era el único que tomaba café, porque los demás parroquianos, judíos del este, tomaban té, bebida que en mi casa prácticamente no se consumía, salvo que alguien estuviese enfermo.
Mamá fue maravillosa, una mujer cálida, cariñosa, permisiva, y ahora que lo pienso, parecía saber por intuición todas esas cosas que nuestra generación aprendió por información.
Con la situación económica buena, paralela también en las otras familias, desarrolló con bastante mesura, un gusto especial por la timba, y jugaba a las cartas con montones de amigas que, como ella, provenían de Turquía.
Le gustaba realmente, porque todas las tardes se iba de casa para tal fin, y de tanto en tanto le tocaba a ella recibir a sus amigas para jugar en casa. Ese día era muy importante para nosotros, o para mí, porque en la cocina se preparaban manjares turcos que eran y son verdaderamente deliciosos, y entonces yo podía zafar del consabido pan con manteca de la merienda cotidiana.
Papá era más distante, pero a su manera también era cariñoso. No dejó una sola mañana de leer sus oraciones en hebreo antes de salir para "el negocio", no dejó de ir al templo un solo viernes, no dejó de ir al templo en todas las festividades judías, ni dejó de ayunar jamás el día de Yom Kipur. Era su forma de sentirse "judio".
Cada mañana, después de terminado su arreglo personal, vestido de traje, corbata, y sombrero, se acercaba a una gran mata de jazmines que teníamos en el jardín, arrancaba uno, y se lo prendía en la solapa.
Es que el viejo se las traía... pero esa es otra historia.

No me vengan con la terapia de familia!


"Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz... Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno"
El Sur/Ficciones/J.L.Borges


Creo que después de 20 años de enfermedad, como padres, podemos sacar algunas conclusiones y llegar a algunas verdades válidas para nosotros, aunque estemos descalificados para emitir el menor juicio.
(No es como esas encuestas que circulan en diferentes lugares: "Dénos su opinión, para mejorar el servicio").
De plano, lo que nosotros decimos no tiene valor, y se aferran a ultranza a "la constitución psiquiátrica".
Yo creo, según mi experiencia, que las terapias familiares no son la "panacea" y no curan a ningún enfermo, y mucho menos ayudan a los padres.
Nunca me enteré que a los psiquiatras les interesara nuestra opinión al respecto. No les interesa saber lo que pensamos, ni siquiera para cambiar o mejorar algunas cosas. No aplicamos, no existimos.
Sólo existimos para ser convocados, invitados, presionados, a las reuniones familiares, donde la demagogia y el sutil manoseo de los padres es la regla imperante. Sólo existimos para pagar honorarios.
Quizás lo que pueda rescatarse de la terapia familiar, siempre y cuando el médico que esté al frente de la misma (condición necesaria), sepa algo de terapia de familia, enfermedad mental, y tenga alguna experiencia de vida, sea impartir, cuando la enfermedad mental cae como una bomba y la familia queda totalmente desestructurada por los acontecimientos, los conocimientos básicos de lo que se puede hacer y lo que no se debe hacer.
Pasado este período, la terapia familiar, se transforma en un: "Vamos a pelearnos un rato todos juntos a lo del terapeuta", y el sabio psiquiatra, al ver como nos peleamos, señalará donde está la falla de nuestra familia, y obviamente esto nos ayudará a andar por la vida con esta tragedia en la mochila, pero sin que se note demasiado, es decir nos enseñarían, en el mejor de los casos, a hacer un "como si".
La terapia familiar, concebida como tal, con una regularidad pautada y con todos los miembros de la familia, sólo sirve (o nos sirvió a nosotros) para complicar aún más, nuestras vidas y para contribuir a pagar las cuentas, ya no nuestras, sino la de los psiquiatras.
Las terapias familiares, en las que estuvimos involucrados (fueron varias), no menguaron mi dolor, ni hicieron que todas las mañanas desde hace 20 años, cuando abro los ojos, la primera idea que llega a mi cabeza no sea Marisa y su enfermedad, o cómo pensar el futuro de ella cuando yo no exista, cosa que hasta ahora, ningún psiquiatra me preguntó: O no es importante el tema?
El psiquiatra de familia y el que nos deriva al psiquiatra de familia, parecen no tener idea de lo desgastante que puede ser concurrir a esas llamadas "reuniones familiares", donde debemos interactuar con "toda naturalidad" .
Nuevamente se siente el poder del psiquiatra que quiere saber de nosotros, mucho más allá de lo que sería necesario que supiera. Lo más grave es que nosotros sentimos que ingresamos en esa esfera de poder, y que debemos contestar.
Sentimos que nuestra intimidad corre peligro. Las cosas inherentes a nuestra familia, privativas en la mayoría de las familias (psiquiatras incluídos), en las nuestras no tienen importancia, están desparramadas por todo el escritorio sin ningún pudor, y sentimos que "el otro" no tiene el menor cuidado con lo que contamos . El cree que proviniendo de nosotros es basura, que puede quedar en cualquier cajón y expuesto a la lectura de quien sea.

Así ocurrió en el Hospital, donde el Dr. Bucahí llevó a Marisa en unas cuantas ocasiones, y en muchas reuniones de admisión para una internación.
Escuchamos , sentados en cubículos de 2 x 2, estos interrogatorios, quasi policiales, como cuchillazos sobre el rostro.

Vivíamos así, como podíamos, y vivimos así como podemos, con el dolor metido en el cuerpo como una daga. No hay terapia, ni familiar, ni individual, que nos haya ayudado a que nuestra familia se mantuviera en pie.
Así como Dalhmann, vivimos en una especie de infierno, aunque los demás no se den cuenta.

jueves, febrero 16, 2006

Cumpleaños



Han pasado muchos años desde entonces, pero el recuerdo es tan nìtido que en realidad podría haber ocurrido ayer.

Marisa cumplía 14 años y Mirna, mi entrañable amiga, con su habitual hospitalidad y generosidad, nos había ofrecido su casa de fin de semana para festejarlos, y ahí, fue precisamente el festejo.

Era el 14 de noviembre de 1982. Transportamos hasta la quinta, 8 o 9 chicos. Era un día perfecto, y así lo atesora mi memoria. Forma parte del bagaje de recuerdos que quisiera me acompañen hasta el fin de mis días.
Recuerdo que Mirna le regalo a Marisa una malla, que tenía una combinación de muchos colores. No sé si en realidad le había gustado, pero en ese momento pareció que sí, porque inmediatamente se la puso y fue a reunirse con sus amigos a la pileta.

Se habían tendido dos grandes mesas. Una para "los grandes" y otra para" los más jóvenes".
Durante la siesta, todo el grupo liderado por Fernando, había desaparecido, ocupado en la preparación de una representaciòn teatral "sorpresa", que ofrecieron a la tarde, y en la que Fernando, hacía, -si cuando lo recuerdo no lo puedo creer- de psiquiatra¡¡¡¡¡¡¡. Se había conseguido unos anteojos con un marco grueso y oscuro que le quedaban de maravillas, resultando su rol muy convincente. En realidad, pacientes no había. Era un psiquiatra sui-generis, sin pacien tes.

Nada quedó de aquel dìa, sólo mi recuerdo. Esa Marisa no existe, ahí, por agosto de 1986, algo o alguien se la llevó y me dejó otra, un ser desconocido, en principio, ahora quizás más conocido, pero extraño, para quien la vida es una pendiente muy empinada.
Mi querida amiga Mirna, que tanta falta me hiciera en estos años de dolor, tampoco está....
Y Fernando, el fallido psiquiatra, vive a 10.000 kilómetros. Se hubiera ido en otras circunstancias? Pregunta que como tantas otras no tiene respuesta.

Tiempo de tempestades


Navegábamos en aguas tranquilas. De tanto en tanto, alguna ola encrespada hacía mover la nave, pero al tiempo regresaba la calma.
No sabíamos aún, que conoceríamos las tempestades.
El verano del 86, fue la última temporada que Marisa estuvo bien. Estábamos en una playa, y no mostraba ningún signo de malestar. Por el contrario. Estaba con tres o cuatro compañeras del Nacional, y con ellas salía todos los días y a toda hora.
Cuando comenzó el período escolar, se avizoraron los primeros problemas, discutía bastante conmigo, quería faltar al colegio, cosa bastante inusual en ella, y comía en exceso, por lo que estaba engordando. Tambièn pareció coincidir con la interrupción de un romance con un compañero. Ella sugirió hacer una terapia. A nosotros nos pareció bien. Consiguió entrevistarse con una psicóloga a la que conectó a través de una compañera, y a quien yo entrevistè también. Me pareció seria y con experiencia en manejar estas situaciones de "adolescentes en rebeldía".
El 16 de agosto de 1986, volvía tarde a casa, después de una clase, cuando Fernando me interceptó en el pasillo para anunciarme que Marisa en su cuarto, no estaba bien, que decía cosas inconexas. Tito dormìa y nada sabía de lo que estaba ocurriendo.
Entré a su cuarto y la escuché, Marisa había hecho un corte abrupto del discurso, me preguntaba cosas que yo no entendía y decía cosas sin sentido.
No había en ella, signos de agresividad, (por lo menos en ese momento, ya que después, si, los hubo) por el contrario me hablaba con un tono muy conciliador y atento, que no había sido habitual en ella durante los pasados últimos meses. Era muy tarde. Fernando y yo nos quedamos en vela esperando la mañana.
Llamamos a la terapeuta y de inmediato se acercó, pero evidentemente la situación la superaba. No podía manejar la situación. Tampoco nunca pude saber que habría pasado en la útima sesión terapéutica. Esta Licenciada, nos conectó con el Dr. Carlos Bucahí, más para mal, que para bien, el hombre que por muchos años decidiera sobre la suerte de Marisa, y en consecuencia la nuestra.

Nosotros, antes...



...constituíamos una familia de clase media, como tantas, nos preocupábamos porque nuestros hijos tuvieran todo aquéllo, que nosotros queríamos y sentíamos que debían tener.

Marisa, se impuso rápidamente en la familia. Era de las que se hacían notar. Aún hoy, y en su peculiar estilo, a través de su gran ausencia, y de todos sus conflictos, también se hace notar.

Lloraba, pedía, reclamaba, y siempre o casi siempre, conseguía lo que quería. Fer, era más tímido, menos transgresor, o nada transgresor.

La búsqueda de colegios, fue todo un tema. Recorrimos varios, y por supuesto mis exigencias eran muchas. Todo era poco para ellos, o mejor dicho para mí. En el barrio de Belgrano, donde vivíamos, y donde vivimos, un colegio bilingûe (Que judio que se precie, no va a elegir colegios bilingûes para sus hijos?) colmó bastantes mis expectativas. Me gustó el edificio moderno y nuevo, sus aulas soleadas, las rampas en lugar de escaleras, su jardin. Quedó decidido. Ése, sería el colegio para Fer, y dos años mas tarde para Marisa.

Teníamos una casa magnifíca,, que creo, fue más pensada para ellos que para nosotros, aún cuando nosotros también la disfrutamos muchísimo. En esa casa iban a estudiar, iban a escuchar mùsica, iban a recibir a sus amigos, iban a hacer sus fiestas, tal vez Marisa se casaría.....

Marisa tenía dos cuartos. Uno era su precioso dormitorio, y además tenía otro, al que llamábamos "el taller", un cuarto muy luminoso, con un escritorio blanco, largo, colocado de manera de recibir siempre luz natural. Una de sus paredes, era de pizarrón, en el que aparecían alternativamente, lecciones de historia, geografía, teoremas, redacciones. Sobre una pared de corcho, numerosos papelitos, con los compromisos sociales de la semana, nùmeros de telèfonos, etc.

Marisa, era la más sociable de los dos. Siempre venían a casa sus compañeras, a estudiar, a comer, o a quedarse a dormir. Fernando era más introvertido. Pero ambos eran excelentes estudiantes y sobretodo se perfilaban como buenas personas, y esto generaba en mi, además de un gran orgullo, grandes expectativas de lo que lograrían en sus vidas.

Yo me sentía, a veces sola, de hecho, no estaba sola, pero así me sentía. Había muchas cosas buenas en mi vida y creo (ahora que lo pienso), no me importaba mucho, por entonces, vivir sin esa íntima y exultante felicidad, que a mi me parecía existir solo en el cine o en la literatura romántica.

La vida, transcurría sin grandes sobresaltos. Despúes todo se desquició.


sábado, febrero 11, 2006

Una internación esperanzada


Externada del H.I. y después de muchas discusiones con Marisa, aceptó en principio asistir al Hospital de Día de la Clínica D. Al poco tiempo, cuando se familiarizó con la clínica, los médicos, los laborterapistas y la población de pacientes, acepto la internación.
Permaneció en la clínica un año con régimen de internación y otro año, y hasta que la clínica se disolvió, con régimen de hostal, es decir que podía salir durante el día y realizar otras actividades extra-clínica.

El Dr. Bucahí, a pesar de haberle yo comunicado su alejamiento del caso, pidió en la clínica no ser alejado del mismo, y obviamente Marisa hizo lo propio. No nos quedó otra alternativa que aceptar, dado que la relación de Marisa con nosotros era tirante y nos agredía toda vez que podía, además de ser absolutamente imposible disuadirla.

Pensamos, que habiendo otros profesionales, y además, comenzaría a ser medicada, se neutralizaría la influencia que, a través de los años, había conseguido, el Dr. C.B. tener con Marisa.

Tuvimos que soportar en consecuencia, que durante los dos años que permaneció en la clínica, el
Dr. C.B. siguiera siendo su terapeuta.
Los largos y difíciles años sin medicación, de alguna manera dejaron su impronta en la enfermedad y cuando Marisa egresó de la clìnica, sólo estaba medianamente estabilizada.





miércoles, febrero 08, 2006

Sartre y la enfermedad mental


En una extensa conferencia que aparece en Internet (Esquizofrenia, qué hay de nuevo en lo neurobiológico y genético, Dra. E.S.), aparecen, coronando la conferencia, como frutilla al postre, las siguientes frases:

"La existencia precede a la esencia" (Jean Paul Sartre)
(1) "El reaseguro contra la enfermedad mental, sigue siendo una crianza fundamentada en el cariño y en el respeto" (Dra. E.S.)

Ambas frases, merecen algunos comentarios:

Sartre, fue sin duda, uno de los prototipos de la "intelligentsia", y tuvo en iguales proporciones seguidores y detractores.

El existencialismo, corriente filosófica del siglo XX, afirma (entre otras cosas y en apretada síntesis) que el ser no está predeterminado, y que es libre. Lo que el hombre hace, simple y llanamente, lo hace porque él lo ha elegido, y lo que eligió, de alguna manera lo constituye en quien es.

Esta idea "existencialista", podría tener muchos flancos por donde abordar su discusión, pero ésa, es tarea de filósofos, y no es ni el caso, ni el lugar, pero lo que importa es averiguar que vinculación tiene la teoría existencialista con la "enfermedad mental".

La respuesta existencialista, surge como una suerte de protesta contra la despersonalización en la que se había sumido el hombre, después de las dos guerras mundiales, y algunas otras catástrofes, de ahí el énfasis puesto en la búsqueda de la propia historia.

Sartre habla de la obligatoriedad de ser libres, en tanto existamos. Parte de la primigenia idea de que el hombre es una posibilidad de ser, siempre y durante toda su vida, y en realidad, sólo "es", cuando ya no existe, cuando ya está muerto. El hombre siempre tiene la posibilidad de desarrollo, cambio y aprendizaje, por eso, la importancia de la elección.

Pero hablando de esquizofrenia, porque de eso se trata la conferencia, qué es concretamente lo que puede elegir un enfermo mental? Qué posibilidades tiene de elegir? Y en todo caso, de elegir qué? De elegir un psiquiatra?, un lugar de internación cuando la necesita?, un lugar para vivir? Puede elegir "su lugar en el mundo"?

Más allá de la enfermedad mental, uno podría preguntarse que si, en efecto, la "existencia precede a la esencia", así, taxativamente, y sin ningún matiz, que ocurre con el hombre que nace en Etiopía, comparado con el que nace en el mismo momento en el seno de una familia rica en New York?. Se podrá alegar, que el etíope podrá tener un futuro brillante, mientras el "new-yorker", termina acuchillado en un callejón. Verdad y falacia al mismo tiempo.

Cómo pueden ser hacedores de su futuro, los millones de africanos que viven de espaldas al mundo, y muriéndose de hambre?

Las frases sacadas de contexto, no tienen valor.

Para finalizar, cómo explicar tamaña ofensa inferida, a través de la desafortunada frase que agrega la Dra. al final , a los miles de padres que estoicamente padecemos junto a nuestros hijos, la tragedia que significa la enfermedad mental:

(1) "El reaseguro contra la enfermedad mental, sigue siendo una crianza fundamentada en el cariño y en el respeto"

Será que nosotros no criamos bien a nuestros hijos, ni los respetamos?.

A mi me gusta más esta frase:
"La sensibilidad y la inteligencia no están separadas. La sensibilidad produce inteligencia, o mejor dicho, también es inteligencia".
(Conversaciones con Jean Paul Sartre/Simone de Beauvoir)

martes, febrero 07, 2006

La mirada del psiquiatra


La mirada del psiquiatra, nos indaga, nos interroga. El hecho de tener un hijo enfermo, los coloca en una situación de poder, frente a nosotros. Su mirada no es nunca desprejuiciada, como si quisieran preguntarnos con los ojos, que es lo que hicimos mal, para que nuestra hija enferme.
Como está compuesta la familia? con quien vive cada quien?. A qué se dedica cada uno?
Lo que suele ser usual, con cualquier otro médico, en el psiquiatra cobra una connotación muy especial, en donde ninguna pregunta, es inocente.
La mirada del psiquiatra nos despoja, nos coloca en situaciones de gran vulnerabilidad, hasta el punto de sentir, que en efecto, entre ellos y nosotros ya queda establecida “desde el vamos” la disparidad.
No podemos disentir con ellos, como podríamos hacerlo con otro médico, porque se nos sindicaría como "cerrados e impermeables" a sus siempre pertinentes y sanas sugerencias, lo que configuraría un cuadro de familia, “donde la enfermedad mental” puede germinar.
Entonces nos cuidamos de sus prejuicios, y a nuestra vez, no somos naturales, asentimos, tratamos de hacernos "los simpáticos" aceptamos, las más de las veces, sus indicaciones , que dejan caer sobre el escritorio como verdades ineluctables y que por lo general o invariablemente tienen que ver con nuestra "psicoeducación" y con gastos extraordinarios relacionados con múltiples terapias familiares e individuales de cada miembro de la familia, en las que sin duda nos veremos embarcados, con resultados bastante aleatorios, y no nos atrevemos a decirles:
“Estoy tan harta de la enfermedad de mi hija, como de sus comportamientos elitistas, de su omnipotencia, y de sus preconceptos, y de las recetas de los libros.
El acercamiento es difícil, por más que alguno que otro se lo proponga. Ellos dicen trabajar con el dolor, pero en el fondo no es así. No saben realmente lo que es el dolor, y se alejan de él lo más rápidamente posible.En nombre de la “distancia adecuada”, que les permita “trabajar bien” en realidad, se colocan a años luz de nuestro dolor, de nuestras verdaderas necesidades, y a veces y lo que es más doloroso, de las necesidades del enfermo.
Podemos tomar la decisión de “abandonarlos”, pero en realidad no es así, cuando tomamos esa decisión, descubrimos que lo hacemos, en realidad, porque ellos ya nos han abandonado antes.
Aún así, puede resultar muy cara, semejante audacia...
"Es difícil ser emperador ante un médico, y tambièn es difícil guardar la calidad de hombre"(Marguerite Yourcenar/Memorias de Adriano)