domingo, abril 30, 2006

Cerca del objetivo I


Me alojé en la casa de Ruth, y alquilé un Subaru para moverme con más independencia ya que, suponía, tendría que ir varias veces a Shefayim.

Llegué al kibbutz ansiosa, la pareja chilena me esperaba, y el hecho de que hablaran español facilitó mucho las cosas.

Me había imaginado la casa diferente. Tenía dos dormitorios y un living bastante pequeño. No tenía galería, sino que se entraba directamente desde un jardín que compartía con la casa vecina, sin ninguna separación.

El precio que pretendían me pareció alto, pero ambos resignamos una parte y llegamos a un acuerdo. No hubo papeles, sino nuestra mutua palabra.

Pagué en ese momento el valor de un mes de depósito y un mes de alquiler. Alquilaba la casa por un año, y si había problemas con Marisa, tema que fue totalmente aclarado, yo perdería otro mes de alquiler para rescindir el contrato, que de palabra habiamos hecho.

Ellos partirían para Londres en 40 días aproximadamente, momento en el que la casa estaría a nuestra disposición. Llamé a Buenos Aires y Marisa se mostró moderadamente contenta. No habló mucho. Me comunicó que, de concretarse todo, quería la casa para ella sola.

De modo que yo tendría que alquilar algún departamento para el tiempo que estuviera en Israel, que calculaba no sería inferior, en principio, a 6 meses.

El paso siguiente era, entonces, buscar un departamento. Confieso que no tenía la menor idea de que conseguir un departamento chico amueblado en Tel Aviv fuese tan dificil.

viernes, abril 28, 2006

Cerca del objetivo II


Agendé la dirección de algunas inmobiliarias, y empecé la recorrida.
Entré a una de ellas y me encontré, frente a frente, con un gran diario desplegado que ocultaba la cara de la persona que estaba del otro lado del escritorio. Esperé un par de minutos sin lograr que se inmutara, o dejara el diario.
Finalmente me dispuse a hablar.
El hombre dejó desganadamente el diario sobre el escritorio para escucharme.
-De qué valores estamos hablando?
-No se... Depende.
-Depende de qué?
-Depende de que me guste o no me guste y de algunas otras cosas. Tengo que verlo.
Ante su insistencia, finalmente le dije más o menos dentro de que rango pensaba moverme.
-Ud. lo va alquilar hoy?
-No creo que lo alquile hoy. Esta es la primer inmobiliaria a la que entro. Supongo que tendré que ver algunos otros departamentos.
-Si no lo va alquilar hoy, no le puedo mostrar nada. No puedo perder tiempo.

Parece que este tipo de diálogos era cosa corriente. Yo no lo sabía.
No había lugar para la amabilidad. El negocio debía ser rápido.
Visité varias inmobiliarias con distinta suerte. Más allá de la amabilidad encontrada en menor o mayor grado, los departamentos no me gustaban. Eran muy caros y además eran viejos, mal conservados y con muebles horrendos.
Los que podían estar en mejor estado eran, casualmente, muy grandes y muchísimo más caros.
Debo confesar que la idea de convivir con muebles que no eran míos, además de ser feos, era una perspectiva que no me gustaba. Pensar en alquilar un departamento vacío era aún más disparatado, así que tendría que encontrar alguna alternativa que me permitiera seguir adelante.
Los muebles son todo un tema. Los rincones que tenemos en nuestra casa, los lugares que nos vamos armando y que se convierten en un refugio y que nos ayudan a pensar...
No es lo mismo convivir con muebles Luis XV que con diseños de la Bauhaus. La idea me inquietaba. Despertarme en una de esas camas, que a lo mejor la había usado Golda Meier, pero que a mi no me gustaba...
Todo me parecía feo, oscuro, deprimente.
No tenía otra altenativa que bancarme un departamento con muebles y enseres de otro, si quería que Marisa probara suerte en Israel.

Cerca del objetivo III


Estaba yo en esas elucubraciones, cuando me llegó una oferta del amigo de otro amigo de un pariente...
Se trataba de un departamento de una mujer sola que ya estaba viviendo en una especie de geriátrico.
Fui a ver el departamento que estaba cerca de un barrio llamado Buvli, pero al mismo tiempo el lugar no era residencial como Buvli. Estaba ubicado en un 6º piso al frente sobre una avenida colectora de gran tránsito pesado. Desde muy tempranas horas, y prácticamente durante todo el día, el ruido era muy intenso.
No era feo pero, como los otros que había visto, tanto los muebles como el departamento estaban en mal estado.
Me dije que no iba a conseguir nada mejor y acepté la oferta. La hija de la señora en cuestión quería hacer un contrato, lo que me pareció natural.
Lo que no me imaginé, y que descubrí el día que fui a firmarlo, fue que el contrato estaba en hebreo. A pesar de que estaba presente un primo de Tito, residente en Israel y abogado, no me gustaba la idea de firmar algo que no entendía.
El me tradujo el contrato, que contenía algunas sorpresas. La más original era que si la señora dueña del departamento se moría, el mismo pasaba a manos del geriátrico, y entonces no me quedaba muy claro a manos de quien pasaba yo. Los presentes coincidieron que, a pesar de la avanzada edad de la señora, era una posibilidad remotísima y que no había razón para alarmarse.
En realidad no me dejé amedrentar por esta cláusula, al fin y al cabo todo era una apuesta, y también podría morirme yo, (que a estas alturas bien me lo merecía) y acepté lo que para cualquiera hubiese sido descabellado. Pero siendo todo descabellado, por empezar nuestras propias vidas, este nuevo correlato no debía asustarme. De modo que firmé y pagué.
Recibí el departamento que, teóricamente, recién usaría aproximadamente dos meses después.
Cuando entré sin acompañantes me di cuenta de las condiciones reales en que estaba, sobre todo en aquellos lugares que no se muestran en una visita.
El ruido de la calle y el estado del departamento consiguieron bajonearme, cosa para la que yo no me daba muchos permisos.
La Sra. que ayuda a Ruth en su casa aceptó darme una mano, y junto con ella empezamos una especie de revolución copernicana dentro del departamento.
Quería dejarlo en condiciones de higiene habitables antes de volver a Buenos Aires. Cambié de lugar muebles para ver si así se veían mejor, descolgué cuadros y adornos varios y los mandé esconder a un lugar donde yo no pudiera verlos.
Lo dejé lo más despojado posible. Tiré casi todas las cosas que había en la cocina, que debía reponer, obviamente. Debía comprar un colchón, un televisor que funcionase y algunas cosas más. Cuando dimos por finalizada la tarea, porque más no se podía hacer, en realidad el departamento no había cambiado mucho.
Era la hora de la tarde, me acerqué al ventanal de living que daba a esa gran avenida, y me pregunté qué estaba haciendo en ese lugar. La pregunta era angustiante y las eventuales respuestas lo serían también.

sábado, abril 22, 2006

I N T E R M E D I O- I


Nordeste ...

Llegaron una tarde calurosa de carnaval a Recife, en el estado brasileño de Pernanbuco. En un auto alquilado en el aeropuerto se trasladaron hasta el hotel.

Dejaron las valijas sin abrir, y salieron a caminar. Aún el sol abrasaba, pero sentían la necesidad de que las vacaciones empezaran en ese mismo instante...

El hotel estaba situado sobre la costanera, que no difiere mucho de las costaneras de otras ciudades grandes de Brasil. Mucha gente en la playa y un gran movimiento de autos que iban y venían.

No, no era ése el mejor lugar para pasar unas vacaciones tranquilas, pero era el inicio del viaje.

Dos días después abordarían un pequeño avión para llegar a la isla Fernando de Noronha, lugar donde seguramente, todo era mucho más solitario y primitivo.

Hacia la noche, en el hall del hotel, trabaron conversación con un muchachote rubio, grandote, llamado Eric, que pertenecía a una empresa de turismo local, e intentaba reclutar interesados para las distintas excursiones.

La idea de conocer alguna otra playa, antes de dejar Recife, les pareció buena y Porto das Galhinas, sonó como un lugar interesante por lo que Eric contaba.

De modo que Raúl lo contrató para salir a la mañana siguiente.

Quedaron en encontrarse en el hall del hotel a las 8 de la mañana. A la hora señalada, Mara y Raúl estaban prontos, y Eric se acercó a ellos acompañado de una mujer de color de una belleza singular a la que presentó como su novia.

En una kombi partieron. La temperatura amenazaba con ser agobiante. Eric tomó por un a ruta secundaria, de modo que se alejaron del mar, espectáculo que cautivaba tanto a Mara, pero Eric explicó que así era mucho más directo y rápido.

Llegaron hasta el pequeño puerto, pintoresco, con barcazas ancladas, y otras que parecían muy viejas o abandonadas, encalladas en la arena. Había muy poca gente, y unos niños del lugar ofrecían langostas.

Mara se sacó las zapatillas y hundió los pies en la arena mojada. El aire marino la embriagaba y pensaba con frecuencia que le encantaría vivir todo el año en una ciudad marítima, en lugar de la gran ciudad.

Era un tema de conversación entre ellos, aunque Raúl nunca lo tomaba en serio. Ambos tenían un lugar de privilegio en sus respectivos trabajos.

Ella, bohemia y soñadora era arquitecta en uno de los estudios más importantes de Buenos Aires y Raúl escribía para un diario de Buenos Aires como analista político. Un poco solemne y un tanto rígido, para él las cosas eran de una manera determinada, y no podían ser de otra.

No tenían hijos, y parecía que no iban a tenerlos. Los intentos habían sido muchos y los fracasos también. Quizás por eso, la idea de Mara de dejar Buenos Aires.

Le gustaba una casa como la que tiene Testa en Pinamar. Desde el tablero ver el mar, pero sabía que por el momento, todo quedaba en el terreno de las fantasías.

Pasearon por la playa, no muy diferente a otras playas y rincones del nordeste, bella por su simpleza, precisamente. Se sacaron fotos, y en la kombi se fueron a una hostería a almorzar.

La hostería tenía una entrada por una de las calles del pequeño poblado, unas pocas instalaciones cubiertas, un jardín no muy extenso, donde estaba la piscina y algunas mesas dispuestas sobre el césped, y, rematando el mismo una terraza desde la cual por una breve escalera, se accedía a la playa.

Después de almorzar, todos menos Mara, buscaron unas reposeras para descansar bajo algún árbol. Mara decidió que caminaría por la playa.

A pesar de las advertencias de Eric, sobre que no era la mejor hora para caminar y de lo elevado de la temperatura, no hubo forma de disuadirla. Era una gran caminadora, caminar no la asustaba y en cuanto al sol, en otros tiempos en que los recaudos eran menores, solía quedarse horas interminables en la playa.

No quiso llevar sus ojotas, de modo que se dispuso a caminar descalza. Su malla, un reloj y un par de anteojos eran toda su vestimenta.

Bajó. Hesitó un momento hasta decidir que caminaría hacia la derecha de la hostería. Se percató que no había, casi, referencias edilicias, sólo algunas casas bajas, muy parecidas en su parte de atrás, era todo lo que se veía.

Del otro lado, el paisaje no era mucho más cambiante. El mar estaba calmo y bastante bajo, por lo cual la franja de arena era anchísima, y a la vera alineadas una al lado de otra, se erguían unas palmeras altísimas y delgadas con un poco de hojas en la parte superior que apenas se movían con la brisa.

No eran, ni nunca serían frondosas, le había comentado Eric. Las habían traído de muy pequeñas, según su relato, desde Portugal. Mara pensó que quizás el desarraigo las hacía aparecer tristes y prestarle al paisaje una cierta melancolía, cuando en realidad es difícil encontrar un paisaje triste en Brasil.
Continuó caminando por espacio de una hora aproximadamente, cuando decidió que debía volver. Dío media vuelta y comenzó a caminar en sentido contrario, es decir hacia la hostería.
Después de hacer un trecho bastante largo, y a pesar de la falta de referencias, decidió que la hostería tendría que estar muy cerca. Caminaba con los ojos clavados hacia la derecha para divisarla, pero no la encontraba.
Desde lejos percibía algo parecido a la terraza y suponía que ya la había encontrado, pero al llegar todo se convertía en una especie de espejismo, la terraza desaparecía transformada en una duna.
El sol abrasaba y la hostería no aparecía...

I N T E R M E D I O- II


Nordeste...

...Supuso que ya la había pasado, por lo que nuevamente dió media vuelta y mientras caminaba miraba con más atención, ahora hacia su izquierda.
Era inútil. La hostería no estaba. Era cierto que las pocas referencias edilicias no la ayudaban.
Se dijo que la próxima vez que intentara salir a caminar por una playa desierta se fijaría bien en todos los detalles, para no perderse. Pero el dilema actual era encontrar la hostería.
Aún no había empezado a inquietarse.

Se repetía que sin duda ya la había pasado más de una vez en sus idas y vueltas, y no la había reconocido por la monotonía del paisaje.
Empezó a preocuparse por la hora. Eran más de las 4 de la tarde, y en Recife, situada tan al este y con el mismo huso horario que en el resto del país, oscurecería pronto. Esta idea era por sí sola aterradora.

Trató de tranquilizarse. Seguramente Raúl saldría a buscarla al ver que no volvía, y eso iba a ocurrir antes que anocheciera. Por otra parte, no podía perderse, se decía, en un camino prácticamente lineal, que seguía sólo las curvas de la playa.

La soledad tan desmesurada del paisaje, en el que no había ningún signo de vida, transformó rápidamente esa pseudo tranquilidad en angustia, una angustia que iba in crescendo, al tiempo que caminaba cien metros y volvía a girar para caminar otros cien en sentido contrario.
Después de un rato de ir y volver admitió que algo extraño, que no podía medir ni entender estaba sucediendo y que todo parecía indicar que el lugar lisa y llanamente había desaparecido.

Si bien su pensamiento era lineal, Mara siempre guardaba un lugar para lo azarozo.
Después de todo, había muchos misterios en el universo aún por develarse. No creía en absoluto en los O.V.N.I.S, pero acaso no había miles de relatos que confirmaban su existencia? No había pensado, en algún momento, que sería verdaderamente deslumbrante encontrarse con uno?
Mientras este cúmulo de ideas se agolpaban en su cabeza, transpirada y con los pies no sabía si lastimados o simplemente doloridos, empezó a sollozar.

Dónde estaba Raúl?...

I N T E R M E D I O - III


Nordeste......

...Su mente comenzó a obnubilarse. Ya no podía orientarse. No podía discernir si la hostería podría estar delante o detrás de ella.
Empezó a fijar su atención en las otras pequeñas construcciones que estaban sobre las dunas y que tenían como la hostería una salida a la playa.
Pensó que en alguna de esas pequeñas edificaciones podría haber alguien. Subió una duna relativamente baja y se acercó todo lo que pudo hacia lo que sería la parte de atrás de una casa.
La pared era de vidrio, de modo que podía mirar para adentro. Lo que vio le hizo detener la respiración. A la manera de un viejo sueño, un sueño antiguo, olvidado, vió un montón de sillas amontonadas puestas boca abajo, una sobre otra. Era sin duda un lugar abandonado. Nadie habitaba esa casa desde hacía mucho tiempo.
Bajó corriendo, despeñándose por sus movimientos desacompasados, y trató de subir otra duna.
El espectáculo era parecido. Cosas viejas y amontonadas, alacenas vacías con las puertas abiertas. Eran casas vacías, quizás en otro tiempo estuvieron ocupadas, tuvieron vida, pero ahora estaban terriblemente desoladas y tristes.
Mara sintió que estaba en otra dimensión, se dijo que quizás estuviese en otro tiempo también.
El crepúsculo estaba ya instalado, no era de noche, pero no faltaba mucho para que lo fuera.

Súbitamente, creyó ver una persona en una terraza montada sobre la duna. Se acercó todo lo que pudo, y, en efecto vió a un hombre de color con una camisa azul, sentado con un perro a su lado.
En realidad lo que vió primero fue el color azul de la camisa. Subió la duna en un estado de agotamiento total y trató de llamarlo, le gritó fuerte, algo que el hombre seguramente no entendió.

El hombre no se movía, y ella comenzó a hacerle señas con su mano como para que se acercara.
No podía creer lo que le ocurría. Encontrar a un ser humano, en medio de tanta desolación. Hubiera deseado abrazarlo, recostar su cabeza sobre su hombro, pedirle que no la abandonara.
Si el destino quería que ella permaneciera en ese lugar indefinidamente, lo haría, pero con él. Ya no estaría sola.
Por un momento el hombre no se movió de su posición. Dubitó un poco y luego se levantó y se acercó a ella lentamente, acompañado de su perro.

Mara, como pudo le explicó lo que le sucedía, que no encontraba el lugar donde estaba su marido y al que habían llegado esa mañana.
El hombre no entendía su idioma, no entendía lo que ella le decía. Sólo hacía un gesto negativo con la mano, como si tratara de explicarle que por ahí, en esos parajes, no había ninguna hostería.

Ella insistía, le pedía que la acompañara y la ayudara a encontrar a su marido. El hombre primero se negó y luego aceptó. Caminaron un rato.
Se hizo de noche, el mar calmo se embraveció un poco, las palmeras desarraigadas se movían y sus lánguidos follajes se tocaban unos con otros.
Ni rastro de la hostería. Casi sin hablarse, porque no se entendían, el hombre la condujo de vuelta a aquella terraza, desde donde Mara lo había divisado. La invitó con un gesto a sentarse en el mismo lugar donde él había estado sentado . Ella obedeció y estirando sus piernas en el banco, agotada, cerró los ojos. Sólo quería dormir y olvidar.

sábado, abril 08, 2006

Volver...



Poco tenía en realidad para contar. No había conseguido, literalmente, nada concreto.
A pesar de que mis primeras conversaciones con Marisa habían caído como una bomba, cuando le conté lo poco que había averiguado, pareció decepcionada. Pero nada dijo, como es su inveterada costumbre.
La idea de la transferencia a Israel, a un país desconocido por lo menos en lo que respecta a la vida cotidiana me desvelaba, pero sentía que no debía abandonar la idea, y cuando tenía que defender el proyecto, lo hacía a ultranza como si sólo mis fervientes deseos de que se curara fuesen suficientes para que todo saliera bien.
Seguramente, un segundo viaje aclararía más las cosas. No descartaba Israel, de ninguna manera, pero empezaba a pensar hacia donde podría apuntar la brújula en el caso de que fracasara.
Buenos Aires en mi opinión (y creo que no me equivoqué), se transformaría en "the recipe for a disaster".
Alrededor der un mes más tarde, el llamado de Noah me sorprendió en una noche en que estaba sola en casa.
Suscintamente aquí, y en la ocasión por teléfono, me dijo que una pareja que vivía en Shefayim deseaba alquilar su casa por un año, dado que por ese lapso se trasldarían a una ciudad de Francia con la autorización del kibbutz.
Él nada sabía de lo que pretendían en concepto de alquiler, ni como era la casa. Sólo había recibido la información por teléfono.
Tampoco deseaba iniciar ninguna conversación en mi nombre, por lo que si, en principio, estábamos de acuerdo, debería viajar nuevamente a Israel para hablar personalmente. La pareja en cuestión, tenía cierto apuro ya que había un par más de interesados.
Cuando hablé con Marisa, pareció como si Israel nunca hubiese sido tema de debate. Otra vez pareció ponerse mal.
Dos semanas después, una mañana lluviosa estaba nuevamente en Ben Gurion.

viernes, abril 07, 2006

Creo que no

(Chuck Close/Metropolitan Museum of Art)

No he encontrado en este duro camino recorrido a los psiquiatras que describe el Dr. Seguín, humanizados y humanistas. No he vislumbrado ningún "hombre universal". Quizás los haya.
Yo sólo alcancé a conocer a un par psiquiatras con una formación de excelencia que se me antojó obnubilada por el interés económico, que no es malo en si mismo, pero al que le falta algo para no ser cómplice.
Qué le falta?
La pasión por el enfermo, más que por el auditorio, la sensibilidad para tratarlo como a un semejante, más que el simple y evidente barniz de respeto prodigado a un ser inferior. En última instancia, el sincero interés de ayudarlo en todo lo que esté a su alcance más allá de cualquier especulación, de escucharlo sin retaceos, porque a veces al enfermo sin esperanzas, sólo le queda eso: ser escuchado y percibir que "su" médico también aunque de una forma diferente, sufre con él, se con-funde con su sufrimiento.
Tienen mucho más que sus antecesores, disponen de la informática, han trascendido las barreras interdisciplinarias. Muchos de ellos, los que están mejor posicionados en una carrera de muchos años y que tienen experiencia de vida están, sin lugar a dudas, en condiciones de hacer otra cosa, y sobre todo transformar la psiquiatría argentina en otra cosa, en algo mucho más trascendente.

Son así los psiquiatras argentinos?



Extraído de Manual de Psiquiatría/Humberto Rotondo (Alberto Perales Editor)
"De la psiquiatría y de la vocación psiquiátrica" Capìtulo I"
Carlos Alberto Seguín
Médico psiquiatra peruano fallecido en 1995



"Partamos de la base de que hoy la Psiquiatría no puede ser considerada como una especialidad más. Ha ampliado sus relaciones con todas las ciencias básicas; la bioquímica, la física biológica, la inmunología, la neuroquímica, la imagenología y otras; así como con la sociología, la antropología, la religión, la política y, por supuesto, la psicología".
" Puede, pues, ser considerada la ciencia del hombre en su total ubicación existencial: como un Dasein que va creando constantemente su mundo y va siendo constantemente creado por él, lo que la vincula estrechamente con la filosofía".

"La Psiquiatría es, pues, el puente que une a la Medicina con el resto del conocimiento humanístico, en todas sus dimensiones".

"Acaso pudiera considerarse ésta una apreciación exagerada, pero es fácil convencerse de su realidad, si pensamos en que no puede comprenderse la normalidad o la patología mental sin tener en consideración todas las posibilidades que nos ofrecen las ciencias del hombre".

"Si ello es así, la Psiquiatría debe pensar siempre, no en órganos o sistemas enfermos, sino en la persona total, en su categoría bio-psico-social. No hacerlo mutilaría su realidad y nos impediría comprenderla en su verdadero ser".

"Se trata, pues, de una tarea ímproba, que debe asentarse en una verdadera vocación y extenderse, además de ella, a otros conceptos integradores y fundamentales".
DE LA VOCACIÓN PSIQUIÁTRICA

"Mucho se habla de la vocación, pero se conoce muy poco de su verdadero sentido y alcances. La palabra viene del latín vocatio, de vocatum, llamar. Se trataría, pues, de un llamado hacia cierta actividad, en este caso la Psiquiatría".

"Es indudable que hay jóvenes que, desde muy temprano, sienten un verdadero interés por los aspectos psicológicos de la Medicina y piensan hallar en la Psiquiatría una respuesta a sus inquietudes. Creemos indispensable aclarar que, detrás de ese afán intelectual, se hallan, como siempre, una serie de factores profundos, generalmente de naturaleza afectiva, episodios importantes ocurridos en la infancia y en la relación con seres queridos o cercanos que pueden enfocar la inquietud en ese sentido".

"Problemas personales que no hallan solución están también presentes y todo ello se traduce en una vocación, un llamado que, el joven estudiante, une a la comprensible necesidad de hallar respuesta a los misterios de la relación del cuerpo (principalmente el cerebro) con la conducta y la acción terapéutica de los psiquiatras".

EL EROS TERAPÉUTICO

"La vocación estaría directamente unida a la relación con el paciente como un semejante. En realidad, no se puede ser buen médico si no existe ese interés por la persona del paciente y ese interés es predominante en el psiquiatra, que debe intervenir en los problemas más importantes de la vida personal y social de quienes buscan su ayuda. Si el calor humano es indispensable en todo ejercicio médico, es más hondamente sentido en la relación psiquiátrica, ya que el especialista debe entregarse a la labor de comprender y ayudar a hombres".
"No se puede, pues, de ninguna manera, ser psiquiatra si no se posee conocimiento y, paralelo a él, un afán de comprensión íntima, un especial amor hacia los pacientes que he llamado, por su parentesco con el "Eros pedagógico" griego, el "Eros terapéutico"".

"El Eros terapéutico es un amor desinteresado, no posesivo, no imperativo, libre de implicaciones sexuales, que une al médico con el paciente en una cualidad benéfica y floreciente".

"La vocación está presente cuando el médico no mira al enfermo como a un conjunto de órganos o sistemas que funcionan mejor o peor, sino como a un semejante, un hermano que sufre y cuyo sufrimiento es causado por motivos que van más allá de la anatomía y la fisiología y se refieren a lo verdaderamente humano: la psiquis, que participa en cualquier acontecimiento".

EN POCAS PALABRAS

"Si quisiéramos sintetizar los conceptos básicos de la Psiquiatría, diríamos que ellos se refieren a:

1) "La consideración del enfermo como una persona, como un ser auténtico al que hay que comprender en su realidad total, sobrepasando la idea de un conjunto de órganos disfuncionantes y poniendo énfasis en la integridad de, como lo dijera Ortega y Gasset, el Yo y sus circunstancias".
2) "La única forma de hacerlo es poseyendo una vocación auténtica y siendo capaz de sentir un Eros terapéutico noble y efectivo".
3) "Todo lo demás, formación científica y humanista que no es poco, debe aunarse a estas dos condiciones básicas para hacer del profesional psiquiatra un médico de hombres, de existentes en estrecha relación con su ambiente bio-psico-social".

miércoles, abril 05, 2006

La vuelta a Buenos Aires


Me volví entonces, sin encontrar la casa. Llamé a la psiquiatra desde el hotel y por lo que le expliqué, parece que había estado muy cerca.

Ya no podría verla porque al día siguiente partía. No recuerdo con claridad el diálogo, pero sí que quedé en llamarla si volvía a Jerusalem.

En Jerusalem, a diferencia de Tel Aviv, me sentí más bajoneada. No se si porque estaba sola o porque no había vislumbrado nada concluyente.

Israel es un país caro y ya veníamos gastando mucho dinero con la enfermedad de Marisa y este viaje, más los viajes que debería hacer antes de tener un panorama más amplio, insumiría aún bastante más dinero.

Pero con la enfermedad mental no se pueden hacer cálculos, ya que es como tener un socio perverso, al que nunca sabremos exactamente lo que le tendremos que pagar.

De modo que muchas de las previsiones que cualquier persona puede hacer sobre sus ahorros y como utilizarlos o o invertirlos, no cuentan para nada cuando se está en una situación como la nuestra.

Y esto es aún más patente, evidente, y cierto cuando uno pertenece a un país como Argentina, en el que el Estado lo único que nos ofrece y nos garantiza, sin lugar a dudas, es la desprotección más absoluta.

Desde la medicina privada el panorama no es más alentador, y lo único que podemos prever con absoluta claridad es que siempre, y cualesquiera sean las circunstancias, vamos a necesitar mucho dinero para afrontar tanto lo cotidiano como lo contingente.

El último día me entretuve un rato por la mañana con la valija y luego salí a caminar sin rumbo fijo.

Francamente me embargaba una sensación de frustración. Traté de decirme que un proyecto de esta envergadura conllevaría, sin duda, momentos de frustración y otros de esperanza. Pero no conseguí reanimarme mucho.

Llegué con tiempo a Ben Gurión, aeropuerto en el que uno se suele encontrar con larguísimas colas para hacer el check in.

De todos modos, me quedó tiempo para ir a la cafetería, donde estaba Ruth que se había llegado para despedirme.

Traté de parecer un poco más despreocupada mientras charlábamos. Me ofreció su casa de Ramat Aviv para pasar el tiempo que necesitara cuando volviera a Tel Aviv.

Después de un par de cafés... me esperaba un largo viaje.

Pensar en Israel VII


Una vez más a la terminal de ómnibus para llegar a Jerusalem.

Pasaría dos noches en Jerusalem, y el tercer día temprano en la tarde, partiría en un taxi hacia Ben Gurion para abordar, a la noche, el avión de El Al hasta París, y desde París con un cambio de aeropuerto, el vuelo a Buenos Aires.

Durante la tarde de este primer día hice un par de averiguaciones relacionadas con la visa, Seguro Nacional de Salud y eventual ayuda económica que Israel otorga a todos los inmigrantes, y las condiciones en que la misma se concreta.

Me quedó algo de tiempo para caminar por las calles céntricas, la famosa Ben Yehuda, peatonal llena de cafés y comercios.

Al día siguiente llamé a la médica cuyo nombre y número telefónico me había dado un psiquiatra de Buenos Aires. No sabía nada de ella, y dado que al día siguiente me iba de la ciudad y del país, aceptó que la viera esa misma tarde. Su consultorio estaba en Talpiot, un barrio relativamente apartado en el sudeste de Jerusalem. Me dió todas las indicaciones para llegar hasta el lugar.

En el micro hacia Talpiot, y mirando hacia el camino a mi izquierda, sorpresivamente pensé en Bezalel, la escuela de arte de Jerusalem y de la que Marisa, siendo aún muy jóven me había hablado como de un lugar de excelencia para estudiar arte. No vislumbrábamos ni la enfermedad ni Israel en nuestro futuro, y cuando ella especulaba con el lugar adonde podría estudiar arte, ya que se iba perfilando como una buena escultora, recuerdo haberle preguntado por qué debería irse tan lejos.

Seguramente en ese momento debo haber pensado, y así se lo debo haber manifestado, que tendría las puertas abiertas para estudiar en cualquier lugar de excelencia.

Junto con el recuerdo de Bezalel, surgieron una muchedumbre de cosas olvidadas y enterradas, cuya existencia misma me hubiera aparecido improbable, y al reaparecer me di cuenta que habían estado ahí, formando parte de mi realidad.

Apareció también la casi adolescente Marisa, persiguiendo al profesor de tenis de un club para que le permitiera integrar el equipo en la categoría "cadetes", que representaba al club. Lo había conseguido, y todo el entrenamiento lo había emprendido con mucho entusiasmo. Y ahora en algún rincón del algún placard estaban aherrumbadas las raquetas, que ella cuidara amorosamente, preguntándose que designio las había condenado al olvido.

Cómo podían asaltarme tantos recuerdos?

Volví a la realidad del micro, y sorpresivamente también me di cuenta que por un momento había dejado de escuchar la radio del mismo, eternamente, en ése y en todos los micros, sintonizando las noticias, por supuesto en hebreo. Tal fue mi grado de abstracción.

Me bajé cuando creí que, de acuerdo a las indicaciones de la psiquiatra, había llegado. Empecé a caminar y me di cuenta que me había bajado antes de lo que correspondía. Decidí preguntar y seguir caminando.

En el barrio había muchos monoblocs y debía llegar hasta uno identificado obviamente con un número.

Pero parece que mi sino es perderme en Jerusalem. Esta vez no me perdí en un barrio árabe, ni me miraban caras extrañas, sino gente amigable, que intentó ayudarme con sus explicaciones.

Pero por alguna razón desconocida o no, parecía que yo quería perderme y no llegar a destino. Decidí, entonces, tomar el micro que de vuelta me llevó hasta la terminal de Jerusalem.