Nordeste ...
Llegaron una tarde calurosa de carnaval a Recife, en el estado brasileño de Pernanbuco. En un auto alquilado en el aeropuerto se trasladaron hasta el hotel.
Dejaron las valijas sin abrir, y salieron a caminar. Aún el sol abrasaba, pero sentían la necesidad de que las vacaciones empezaran en ese mismo instante...
El hotel estaba situado sobre la costanera, que no difiere mucho de las costaneras de otras ciudades grandes de Brasil. Mucha gente en la playa y un gran movimiento de autos que iban y venían.
No, no era ése el mejor lugar para pasar unas vacaciones tranquilas, pero era el inicio del viaje.
Dos días después abordarían un pequeño avión para llegar a la isla Fernando de Noronha, lugar donde seguramente, todo era mucho más solitario y primitivo.
Hacia la noche, en el hall del hotel, trabaron conversación con un muchachote rubio, grandote, llamado Eric, que pertenecía a una empresa de turismo local, e intentaba reclutar interesados para las distintas excursiones.
La idea de conocer alguna otra playa, antes de dejar Recife, les pareció buena y Porto das Galhinas, sonó como un lugar interesante por lo que Eric contaba.
De modo que Raúl lo contrató para salir a la mañana siguiente.
Quedaron en encontrarse en el hall del hotel a las 8 de la mañana. A la hora señalada, Mara y Raúl estaban prontos, y Eric se acercó a ellos acompañado de una mujer de color de una belleza singular a la que presentó como su novia.
En una kombi partieron. La temperatura amenazaba con ser agobiante. Eric tomó por un a ruta secundaria, de modo que se alejaron del mar, espectáculo que cautivaba tanto a Mara, pero Eric explicó que así era mucho más directo y rápido.
Llegaron hasta el pequeño puerto, pintoresco, con barcazas ancladas, y otras que parecían muy viejas o abandonadas, encalladas en la arena. Había muy poca gente, y unos niños del lugar ofrecían langostas.
Mara se sacó las zapatillas y hundió los pies en la arena mojada. El aire marino la embriagaba y pensaba con frecuencia que le encantaría vivir todo el año en una ciudad marítima, en lugar de la gran ciudad.
Era un tema de conversación entre ellos, aunque Raúl nunca lo tomaba en serio. Ambos tenían un lugar de privilegio en sus respectivos trabajos.
Ella, bohemia y soñadora era arquitecta en uno de los estudios más importantes de Buenos Aires y Raúl escribía para un diario de Buenos Aires como analista político. Un poco solemne y un tanto rígido, para él las cosas eran de una manera determinada, y no podían ser de otra.
No tenían hijos, y parecía que no iban a tenerlos. Los intentos habían sido muchos y los fracasos también. Quizás por eso, la idea de Mara de dejar Buenos Aires.
Le gustaba una casa como la que tiene Testa en Pinamar. Desde el tablero ver el mar, pero sabía que por el momento, todo quedaba en el terreno de las fantasías.
Pasearon por la playa, no muy diferente a otras playas y rincones del nordeste, bella por su simpleza, precisamente. Se sacaron fotos, y en la kombi se fueron a una hostería a almorzar.
La hostería tenía una entrada por una de las calles del pequeño poblado, unas pocas instalaciones cubiertas, un jardín no muy extenso, donde estaba la piscina y algunas mesas dispuestas sobre el césped, y, rematando el mismo una terraza desde la cual por una breve escalera, se accedía a la playa.
Después de almorzar, todos menos Mara, buscaron unas reposeras para descansar bajo algún árbol. Mara decidió que caminaría por la playa.
A pesar de las advertencias de Eric, sobre que no era la mejor hora para caminar y de lo elevado de la temperatura, no hubo forma de disuadirla. Era una gran caminadora, caminar no la asustaba y en cuanto al sol, en otros tiempos en que los recaudos eran menores, solía quedarse horas interminables en la playa.
No quiso llevar sus ojotas, de modo que se dispuso a caminar descalza. Su malla, un reloj y un par de anteojos eran toda su vestimenta.
Bajó. Hesitó un momento hasta decidir que caminaría hacia la derecha de la hostería. Se percató que no había, casi, referencias edilicias, sólo algunas casas bajas, muy parecidas en su parte de atrás, era todo lo que se veía.
Del otro lado, el paisaje no era mucho más cambiante. El mar estaba calmo y bastante bajo, por lo cual la franja de arena era anchísima, y a la vera alineadas una al lado de otra, se erguían unas palmeras altísimas y delgadas con un poco de hojas en la parte superior que apenas se movían con la brisa.
No eran, ni nunca serían frondosas, le había comentado Eric. Las habían traído de muy pequeñas, según su relato, desde Portugal. Mara pensó que quizás el desarraigo las hacía aparecer tristes y prestarle al paisaje una cierta melancolía, cuando en realidad es difícil encontrar un paisaje triste en Brasil.
Continuó caminando por espacio de una hora aproximadamente, cuando decidió que debía volver. Dío media vuelta y comenzó a caminar en sentido contrario, es decir hacia la hostería.
Después de hacer un trecho bastante largo, y a pesar de la falta de referencias, decidió que la hostería tendría que estar muy cerca. Caminaba con los ojos clavados hacia la derecha para divisarla, pero no la encontraba.
Desde lejos percibía algo parecido a la terraza y suponía que ya la había encontrado, pero al llegar todo se convertía en una especie de espejismo, la terraza desaparecía transformada en una duna.
El sol abrasaba y la hostería no aparecía...