viernes, junio 30, 2006

Historias con psiquiatras

Allá por el quattrocento
Esta es la triste historia de una mujer y de un implacable psiquiatra, en los albores del Renacimiento. La figura muestra claramente como esta pobre madre implora de rodillas que cure a su hijo, pero él es inflexible.

En realidad no se niega a curar a su hijo, lo
que ocurre es que le quiere imponer ciertas condiciones, no fáciles de aceptar, que tienen que ver con los bienes terrenales.

Ella, ingenua, creyendo que él se conformaría con poco, le lleva un pedazo de terciopelo que le había quedado de unos sillones que había retapizado, y se lo muestra entusiasmada para que él constate la gran calidad de la tela, explicándole que es importada y que la había comprado en Sudáfrica en 1979, cuando Joe era mini
stro de economía , en aquella inolvidable década del "déme dos"
y de algunas otras cosas más, pero él, inconmovible no acepta.
Vuelve a su casa desesperada y despierta a su marido que estaba durmiendo profundamente después de un día agotador, mejor dicho de una noche agotadora, en la que se había ido a tomar unas cervezas con unos amigos que no pudieron volver a sus respectivas casas de tan borrachos que estaban.
-Che viejo, me parece que vamos a tener que largar algunas otras cosas...
Cómo? dice él, todavía un poco dormido.
-El psiquiatra quiere más. El terciopelo no le gustó.
-No le gustó esa tela tan hermosa?
-No, no le gustó. Es un tipo muy ambicioso.
-Bueno, que sé yo, ofrecéle tu "studio" de Mataderos.

M
uy angustiada, porque iba a perder su amado "studio" de Mataderos, pero resignada a hacer cualquier cosa por su hijo enfermo, lo manda al nene ( otro hijo) para que le muestre el departamento al doc.
El chico refunfuña un poco, pero finalmente acepta. Toman el colectivo 63 que los deja justo, en realidad a 8 cuadras del lugar. El chico le muestra el departamento y los alrededores para que él advierta las bellezas del barrio, que esa noche estaba lleno de bullicio y algarabía por un show de tango propiciado por el Sr. Telerman. Pero así y todo, no le gustó.

-No, no y no.
-Vení , yo te voy a mostrar que departamentos quiero. Te voy a llevar en taxi y lo voy a pagar, aunque en realidad no me corresponda. Dicho esto, para un taxi y se van hasta Puerto Madero.

Con un dedito le señala los edificios.

-Ves este barrio? Lo ves bien? El chico miraba deslumbrado. El barrio era rarísimo, no se daba cuenta si era lindo u horrible, porque era muy chico para darse cuenta de esas cosas, pero que era raro, era raro.
- Vas y le decís a tus viejos que aquí quiero un par de departamentos y algún restaurante si es posible.

El chico quedó consternado porque sabía bien que no tenían ningún departamento en Puerto Madero, tenían uno en "La Perla", pero como era tímido no se animó a decírselo.Volvió a la casa desesperado y lo contó todo a sus padres.
-Departamentos en Puerto Madero no tenemos, pero vas a tener que ir de nuevo y preguntarle si quiere el departamento que tenemos en" La Perla" o el de "Flores."
La madre, en el fondo, se puso muy contenta de que al psiquiatra no le gustara el "studio" de Mataderos. En ese "studio", ella se dedicaba al arte. Había visto por Cablevisión una película sobre Pollock, y le pareció sumamente fácil imitarlo. Se fue entonces a una pinturería "al por mayor" y compró un montón de tarros de pintura de todos los colores. Los cargó en un flete y los mandó al "studio" de Mataderos. Una vez ahí, y ya dispuesta a darle rienda suelta a su veta artística, puso unas sábanas viejas en el suelo y empezó a tirarles pintura por todos lados, logrando unas chorreaduras que ella juzgó muy bonitas y superiores a las de Pollock. Estaba segura que en algún momento su arte iba a ser descubierto y reconocido. Sólo era cuestión de esperar un tiempo hasta encontrar un mecenas que le hiciera algún encargo.

Ufa, dijo el chico, otra vez no voy .
-El departamento de "La Perla" está a 20 cuadras del mar. No le va a gustar, y en el de "Flores" vive la abuela.
-Qué vas a hacer con la abuela?
-Ya veremos. Tendrá que ir a un geriátrico.
- Vos vas y le preguntás.
Dicho esto la madre dió por terminado el tema, y el nene tuvo que volver a hablar con ese ogro de psiquiatra.

Cuando el chico le ofreció los dos departamentos, al psiquiatra le agarró una cosa por dentro y se sintió como conmovido, porque después de todo el chico era chico, y estaba luchando por el amor fraternal que sentía y, entonces, al psiquiatra, que no era tan malo después de todo como se comprobará al final de la historia, le asomaron por los ojos unos lagrimones que le fueron corriendo por las mejillas.
En realidad, el chico estaba repodrido del hermano loco, con quien tenía que compartir el cuarto, además de soportar que le revolviera sus cosas, sin contar el día que le pegó una patada al televisor y otra a la computadora y no pudo ver más su programa favorito ni mandarle e-mails a su novia, a quien no podía ver muy seguido, porque vivía un poco lejos, del otro lado del Arno, pero esa era otra historia y no pensaba contársela, justamente, al psiquiatra.

Terriblemente emocionado, el psiquiatra le dice:
-Está bien, agarro el departamento de "La Perla" y el de "Flores", algo es algo, y te voy a decir una cosa:
-Sos muy convincente ofreciendo departamentos. Yo te aconsejo que cuando seas un poquito más grande te pongas una inmobiliaria.
El chico se puso contentísimo cuando escuchó que el psiquiatra le hablaba como a un hijo.
Ahí se separaron, el chico volvió a su casa con las buenas nuevas. Por fin alguien iba a curar a su hermano loco, y el psiquiatra, por su parte llamó con su celular a su secretaria, Astrid Sforza, por quien sentía una gran simpatía, y le preguntó si no querría ir con él a los "Bosques de Palermo."
Ella aceptó encantada.
Estuvieron retozando largo rato en los "Bosques de Palermo", y le compraron a un viejito unas bolsitas con granos de maíz para tirarle a las palomas. El psiquiatra estaba contento y reconfortado consigo mismo. Pero tan contento estaba, y de tanto tirarle maíz a las palomas, se olvidó que tenía que ir a la facultad a dar una clase. Así que con todo el dolor del alma, se despidió de su secretaria Astrid, y corrió a la Facultad donde sus alumnos estaban impacientes por escucharlo en una de sus clases magistrales:
"Ultimos avances en Psiquiatría llegados del Oriente"
F I N




sábado, junio 10, 2006

Historias con psiquiatras


El final

Era una noche muy calurosa de enero. Estaba contento de que las vacaciones llegaran dentro de pocos días.

El año, y las viscitudes de siempre habían terminado por agotarlo. Ya no era jóven.
La vida o vaya a saber que, lo había catapultado a un lugar privilegiado dentro de la psiquiatría de su país. En ese sentido se sentía feliz, pero en otros se sentía decepcionado.

En su fuero interno sentía que algo que no podía percibir del todo, lo incomodaba. Si había dedicado su vida a la psiquiatría, tratando de formar gente que tuviera además de los conocimientos sus mismos valores, porqué la decepción? Acaso no lo había conseguido?
Había comenzado su carrera con muchas metas, entre las que el dinero no figuraba. Por lo menos al principio.

Estaba pronto a cumplir 80 años, y con ellos más de 50 de profesión. Qué pasó entre aquel lejano día de su juventud en que decidió ser psiquiatra y el momento actual?
Quién quedó en el camino? Qué es lo que faltó? Tiempo? Voluntad? Qué es lo que sobró? Compromisos sociales? Familiares? Ambiciones personales?
No sabía. No podía contestarse. Serían preguntas que seguramente se llevaría a la tumba. O podría contestarlas en alguno de esos raros momentos de soledad, en los que uno por fin se atreve a admitir ciertas verdades?

Qué pena!
Demasiado tarde para reparaciones. Prácticamente su vida profesional había llegado a su fin.

Historias con psiquiatras


El principio


Mientras cursaba el último año de medicina se detuvo, en algunas ocasiones, a pensar en que especialidad le interesaba.

No lograba descifrar o definir cual era la que más se aproximaba a su personalidad.

No era fácil, porque eran muchas. Tenía que llegar a un veredicto porque ya que iba a dedicarle su vida, si es que de eso se trataba la medicina, tenía que gustarle en especial.

Sueños de juventud no le faltaban y justo le tocó ser jóven en alguna de esas décadas donde había lugar para las utopías y donde cada uno tomaba como propio el deseo de cambiar el mundo.

Examinó una a una todas aquellas especialidades que para él podían ser posibles. Algunas eran rechazadas de plano y cuando recaló en "Psiquiatría", algo dentro suyo hizo un clic. No llegó como en el caso de las otras especialidades a pensar en sus pro y contras. Sin duda los tendría, pero sintió que eso era lo que quería hacer y le extrañó sobremanera no haberse dado cuenta antes. Estudiar el cerebro humano, y porqué no, el suyo propio. Quizás fuera eso lo que más lo intrigaba.
En ese momento supo que quería ser psiquiatra.
Con el transcurso de los años sabría si se cumplieron sus metas, si las cambió en el camino y porqué, si el ejercicio de la medicina lo ayudó a ser mejor persona o no, si la medicina fue un medio o un fin.