Historias con psiquiatras III

"Porque no tengo esperanza de volver otra vez
porque no tengo esperanza
porque no tengo esperanza de volver......"
T.S. Eliot
La fiesta inolvidable III
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Carla, con sus jeans rotos y sus zapatillas gastadas en su consultorio, su pelo desordenado como quien ni siquiera tuviera la fuerza de pasarse un peine por la cabeza.
Finalmente decidió que no quería soportar más tanto dolor, tanto sufrimiento acumulado a través de los años.
Mientras tanto, para él la noche transcurría y se insertó en ella como pudo, ora tenía la sensación de que la música y las palabras le hacían añicos la cabeza y ora un silencio helado lo invadía como si todos estuvieran actuando en un escenario desconocido, en el que las bocas y los cuerpos se movían sin sonido alguno, a la manera de fantasmas enmascarados.
La madrugada comenzaba a horadar la noche. Sorpresivamente vió que eran las 5 de la mañana. Cómo pudo pasar tanto tiempo?
Su mujer le preguntó si quería quedarse o prefería irse.
-No está bien, vámonos.
Fueron a recoger sus abrigos, y salieron.
Comenzaba a amanecer y el desasosiego lo invadía. El valet parking le acercó el auto, hasta donde él estaba parado, como estacado.
La mañana estaba fresca. Casi todas las luces de la calle se habían apagado y una claridad tímida empezar a iluminarlas, aún desiertas. Esperaba que el día lo liberara, lo liberara no sabía bien de qué. Nunca una mañana fue tan amarga.
Dispersas gotas de rocío cabalgaban sobre las hojas de algunos árboles, confiriéndole al paisaje urbano el aspecto de una gran caja de cristal.
Mientras conducía se sorprendió del espectáculo, como si nunca hubiera visto la ciudad a esa hora, cuando está desperezándose. Qué bella era Buenos Aires! Sólo que uno no se da cuenta cuando la transita apurado y llena de gente.
A su lado, su mujer ajena a todas sus tribulaciones dormitaba.
El silencio ahora era real. Puso el pie en el acelerador y le gustó escuchar el rechinar de las ruedas sobre el pavimento, porque ese sonido tan banal y conocido, era la única certeza de que estaba vivo.
La belleza de la ciudad a esa hora inusual, y un cierto estado de emoción, después de la conmoción interna del primer momento, eran el único homenaje que podía hacerle a Carla.
La casa silenciosa, fue un regalo de la mañana. Su mujer se fue a dormir, y el se metió en la ducha, sin probar, como lo hacía habitualmente, si la temperatura del agua era la que él quería. No importaba. Ahora parecía que pocas cosas importaban.
Seguramente despues del café que tomaría en soledad en la cocina, se iba a sentir mejor.
Todo volvería a la normalidad. Por suerte, para él nada había cambiado. En el término de pocas horas, la vida volvería a ser la de antes.
Fin.


